Sienna caminaba sin rumbo, con el corazón latiendo desbocado y el cuerpo adolorido. La madrugada le calaba los huesos, y cada paso era un eco de su desesperación. Entonces, un auto se detuvo bruscamente a su lado.
—¡Sienna, súbete, déjame ayudarte! —dijo Gustavo, bajando la ventanilla con urgencia.
Ella lo miró con los ojos cargados de lágrimas, de miedo y de furia contenida. Sin decir palabra, abrió la puerta y subió.
—Llévame a la estación de tren —ordenó con voz quebrada.
—¡Sienna, por favor, no te vayas así! Déjame ayudarte…
—O me llevas a la estación o me bajo aquí mismo. Elige.
Gustavo apretó los labios y asintió, sin decir más.
Durante el trayecto, ella abrazaba a su hija con fuerza. Melody sostenía su osito de peluche, sin entender lo que ocurría, pero percibiendo el temblor en los brazos de su madre.
Al llegar a la estación, él bajó con rapidez y la ayudó a salir. La notó temblorosa, con la frente empapada en sudor y tocó su frente.
—Estás ardiendo… tienes fiebre. Iré a la farmacia por algo para bajártela. Quédate aquí, no te muevas, ¿sí?
Ella solo asintió. Pero en cuanto lo vio desaparecer entre la calle, tomó a su hija con fuerza y caminó decidida hacia la taquilla.
Tenía dinero suficiente y, entre sus pertenencias, el documento firmado por Alexis que autorizaba la salida de Melody.
No lo pensó dos veces. Compró dos boletos. Destino: Ovyu. La ciudad más lejana que pudo encontrar.
Mientras abordaba el tren, apretó a Melody contra su pecho.
—Cualquier lugar es mejor que este infierno…
Las puertas se cerraron. Y, con el corazón hecho trizas, susurró mientras el tren arrancaba:
—Adiós, Alexis. Para siempre.
***
A la mañana siguiente.
Alexis despertó antes del amanecer, con la cabeza punzando como si le hubieran clavado agujas. El silencio en la casa era denso, casi irreal. Parpadeó un par de veces, aturdido, mirando el techo con el ceño fruncido. Algo no estaba bien.
Se incorporó de golpe, con una opresión en el pecho. Llevó una mano al corazón.
—Sienna… —murmuró, sintiendo el miedo abrirse paso como una cuchillada.
Saltó de la cama y salió corriendo al pasillo. La puerta de la habitación de Melody estaba abierta de par en par.
Algo dentro de él se quebró.
Empujó la puerta con violencia. La cama estaba vacía. Las sábanas revueltas. No había rastro de Sienna. Ni de Melody.
—¡No… no, no, no! —susurró, con la voz quebrada.

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