Al llegar a Ovyu, Sienna bajó del tren con su hija dormida entre los brazos. La fiebre había bajado un poco gracias al antipirético, pero ella seguía débil, con las mejillas encendidas y los labios secos. Aun así, el cuerpecito de su hija se aferraba al de ella con esa confianza inocente que parte el alma, y era todo lo que Sienna necesitaba.
—Mami… ¿A dónde vamos? —murmuró Melody, sin abrir del todo los ojos.
—A algún lugar donde estaremos bien, amor —respondió Sienna con la voz entrecortada, sin tener idea realmente de a dónde irían.
Tomó un taxi y pidió que la llevaran a un hotel económico, cualquiera que estuviera cerca de la estación.
Solo quería encerrar el mundo afuera por unas horas y poder respirar.
Cuando llegaron, arrastró la maleta con una mano y cargó a Melody con la otra.
Subieron a la habitación, una pequeña con paredes opacas y olor a desinfectante barato. Cerró la puerta con cerrojo y soltó el aire contenido en su pecho.
Acostó a la pequeña con delicadeza, le quitó los zapatitos y la cubrió con la delgada sábana blanca. Le acarició el cabello con dulzura, y le dio un beso en la frente.
—Duerme, mi cielo… mamá está contigo.
La contempló unos segundos más. Melody era todo lo que le quedaba. Toda su fuerza, toda su ternura… todo su amor.
Apenas la niña cerró los ojos, Sienna se levantó con cuidado, sin hacer ruido, y se dirigió al diminuto balcón de la habitación.
La ciudad seguía su curso indiferente, las luces de los autos pasaban como fantasmas en movimiento, la brisa era fría, y en su garganta comenzaba a formarse un nudo que no pudo detener.
Se abrazó a sí misma. El silencio era una tortura, pero no podía permitirse romperlo. No con Melody dormida tan cerca.
Entonces las lágrimas comenzaron a caer.
Primero una, luego dos, y de pronto, su pecho estalló. Hundió los dientes en el dorso de su mano, mordiéndolo con fuerza para no gritar.
Su llanto era mudo, pero desesperado. Su alma se quebraba en cada sollozo contenido.
Pensamientos la atacaban como cuchillas en la mente, uno tras otro, sin piedad:
«¿Por qué, Alexis? ¿Por qué nos hicimos tanto daño? ¿Por qué nos destrozamos con tanta facilidad? Yo… yo nunca te mentí, nunca te engañé, y aun así… no fuiste capaz de creer en mí ni una sola vez. ¿Eso era tu amor? ¿Un castillo de arena que una mentira pudo desmoronar? Te quedaste con ella, con la serpiente venenosa, y a mí me mandaste al infierno, sin preguntar, sin mirar atrás…»
Se cubrió la boca con la mano mojada en lágrimas.
El dolor era tan profundo, tan abrumador, que apenas podía mantenerse en pie.
«Pensé que me amabas. Pensé que lucharías por nosotras. Pero no… tu amor no era fuerte. Era frágil, cobarde… No sé si algún día podré volver de esto. No sé si alguna vez podré perdonarte… o perdonarme por todo lo que supliqué.»
El frío del balcón la rodeaba, pero era mucho más cálido que la soledad en su pecho.
Regresó a mirar a su hija. Melody seguía dormida, ajena al abismo emocional en el que su madre se estaba desangrando. Y eso era lo único que le daba fuerzas.
Sienna se limpió el rostro con las manos. No podía permitirse caer. No todavía. No mientras esa pequeña la siguiera mirando como si fuera su refugio.
—Por ti… por ti voy a resistir —susurró, volviendo a su lado—. Aunque esté rota… aunque me duela respirar.
***
Los días avanzaban, pero Alexis se estaba desmoronando.
La culpa, la rabia y la ausencia se le clavaban como puñales invisibles.
Bebía cada noche como si el alcohol pudiera arrancarle el dolor del pecho, pero lo único que lograba era hundirse más.
Ya no comía, no dormía, y no había pisado la empresa en semanas.
Tessa, por primera vez, tenía miedo de él. Lo miraba con ojos aterrados. Ese hombre que un día fue arrogante, dominante y elegante, ahora no era más que un espectro tambaleante, enloquecido de angustia.
Esa noche, Alexis estaba peor que nunca.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Suplicando tu perdón