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Suplicando tu perdón romance Capítulo 29

Alexis salió de la habitación con pasos pesados, cada pisada resonando como un eco de su rabia contenida.

Sus manos estaban cerradas en puños, los nudillos blancos, la mandíbula tensa. Su respiración era rápida, como si cada inhalación estuviera cargada de fuego.

No podía quitarse de la cabeza la imagen de Sienna, su voz, sus palabras.

Justo cuando iba a cruzar el pasillo hacia la salida, el gerente del lugar se interpuso, nervioso, pero intentando mantener la compostura.

—Señor Dalton, ¿todo bien? —preguntó con cautela, mirando de reojo hacia la puerta de la sala que Alexis acababa de dejar atrás.

—Debo irme —respondió él, sin mirarlo directamente.

Su voz sonaba áspera, como si cada palabra le costara atravesar la garganta.

El gerente, intentando suavizar el momento, Alexis sacó de su bolsillo un sobre abultado.

—Aquí tiene… —dijo, extendiéndoselo—. Es por el servicio.

El gerente frunció el ceño al sentir el peso del dinero, era más de lo que esperaba.

Alexis, como si aún quisiera añadir algo, tomó otro fajo de billetes y se lo entregó.

—Esto es para la mesera —aclaró pensando en Sienna.

El gerente miró el dinero unos segundos y sonrió al tomarlo. Alexis salió, su expresión era indescifrable, una mezcla de orgullo herido y algo más oscuro, giró sobre sus talones y se marchó.

«Debo ir por mi hija», pensó con una determinación helada.

***

En la sala VIP, el aire estaba impregnado del aroma a vino y perfume caro, mezclado con el amargo rastro de tensión que aún flotaba.

Sienna, con las manos temblorosas, limpiaba las pequeñas heridas en su piel, cortes provocados por los vidrios rotos.

La tela de su uniforme estaba arrugada, manchada, y sus ojos tenían ese brillo de alguien que lucha por no derrumbarse.

Pero de pronto, un pensamiento atravesó su mente como un rayo:

—¡Melody! —susurró, sintiendo cómo un frío la recorría desde la nuca hasta la punta de los pies—. Él… ¡Él me quitará a mi hija!

El miedo brotó desde lo más profundo de su conciencia, un miedo primitivo que le oprimió el pecho.

Sin pensarlo, se levantó de golpe y casi corriendo se dirigió hacia el camerino de meseras para cambiarse.

Pero no pudo llegar. El gerente apareció frente a ella, cortándole el paso, con una sonrisa profesional que no alcanzaba sus ojos.

—Sienna, ¿a dónde vas? —preguntó, alzando la mano con un fajo de billetes—. Tuviste una gran ganancia esta noche.

Ella lo miró, y el brillo en su mirada no era de agradecimiento, sino de rabia contenida.

—El señor Dalton fue tan generoso… dejó toda esa propina para ti —añadió él, como si la noticia fuera motivo de alegría.

Sienna tomó el dinero, lo miró apenas un segundo, y luego lo dejó caer al suelo con un golpe seco.

Los billetes se desparramaron, algunos girando en el aire antes de posarse sobre la alfombra.

—¡No lo quiero! —dijo, la voz quebrándose, pero firme—. ¡Ya no quiero nada de ese desgraciado! Y renuncio.

—¿¡Sienna!? —exclamó el gerente, incrédulo.

Ella no se detuvo a explicar nada.

Su respiración era rápida, sus manos temblaban mientras entraba al camerino.

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