Cuando Sienna abrió los ojos, el frío de la noche aún le calaba los huesos.
Ya no sentía esas manos ásperas que la sostenían con fuerza; estaba libre, pero aún temblaba como una hoja al viento.
Sus párpados se alzaron lentamente y entonces lo vio: los hombres que minutos antes la habían atacado y amenazado, yacían tirados en el suelo, inmóviles, bañados en un charco oscuro de sangre.
El olor metálico le inundó las fosas nasales, despertando un pánico aún más profundo.
Un grito ahogado se escapó de sus labios, un sonido lleno de terror y desahogo que resonó en la soledad de la calle.
Retrocedió un paso, insegura, temerosa de que aquello fuera un sueño del que no podría despertar.
Y justo entonces, sintió unas manos suaves y firmes que la tocaron por los hombros.
Giró rápidamente, casi a la defensiva, y comenzó a manotear, lista para defenderse de quien sea que se acercara.
Pero la voz que escuchó la detuvo, dulce y llena de preocupación.
—¡Sienna, Sienna, está bien! Estás a salvo.
Esa voz le sonaba familiar, pero el miedo y el shock le nublaban la mente.
No pudo ver quién era, no pudo pensar con claridad.
La desesperación la invadió tanto que su cuerpo no pudo resistir más y se desmayó, cayendo rendida en los brazos que la sostuvieron con cuidado.
El hombre que la cargó con fuerza la llevó en silencio, sin perder ni un segundo.
—Ahora mismo, ¡vamos a un hospital! —sentenció con urgencia en la voz, mientras sus pasos aceleraban la carrera hacia la salvación.
***
Mientras tanto, Alexis llegó en su auto al departamento, acompañado por dos de sus guardias, la expresión en su rostro era una mezcla de furia contenida y desesperación.
Tocaron la puerta con fuerza, esperando que alguien respondiera.
Cuando nadie lo hizo, Alexis insistió, volviendo a llamar con voz firme.
Finalmente, una voz temblorosa respondió desde dentro:
—¿Quién es? ¿Qué quieren?
—Abre la puerta, soy el padre de Melody y vine a llevármela —respondió Alexis con autoridad.
—¡De ninguna manera! —contestó con decisión la niñera—. Váyanse o vuelvan cuando la señora Sienna esté aquí. Si no se marchan, llamaré a la policía.
La paciencia de Alexis llegó a su límite.
Hizo un gesto rápido y sus hombres rompieron la puerta con fuerza, entrando sin permiso.
La niñera dio un salto, levantando el teléfono para llamar a la policía, pero rápidamente se lo arrebataron de las manos.
—¡No me hagan daño, por favor! —clamó con miedo, temblando.
Alexis entró en la habitación y allí la vio.
Melody estaba arropada en la cama, abrazada a Señor Pink, su oso de peluche, con una expresión angelical que le partió el corazón.
Su pecho se apretó, y el corazón comenzó a latir aceleradamente.
Sin dudarlo, la cargó en sus brazos con ternura.
Melody abrió los ojos, aún adormilados.
—¿Papi? —exclamó con una voz dulce y débil.
Alexis sonrió, y en su mirada se reflejaba un amor profundo y sincero.
—Sí, mi amor, papi ha vuelto. Solo por ti, porque te amo, y nada más importa.
Melody sonrió, la inocencia brillando en su rostro infantil.
—¿Es un sueño, papi? ¿Puedes amar a mami otra vez y vivir todos juntos, felices?
Esas palabras atravesaron a Alexis como un puñal.
Cerró los ojos por un instante y luego besó suavemente la frente de su hija.
—Serás feliz, mi amor. Te lo prometo.
Melody volvió a dormirse en sus brazos, apretando a su oso de peluche como si fuera un amuleto.

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