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Suplicando tu perdón romance Capítulo 31

Sienna se levantó de un salto, el cuerpo aún tembloroso por la mezcla de miedo y desesperación que la consumía por dentro.

Sin perder tiempo, tomó su ropa con manos temblorosas y se dirigió al baño.

Cerró la puerta tras de sí y se cambió con rapidez, casi como si se quitara un peso insoportable de encima, pero su mirada revelaba que el tormento apenas comenzaba.

Cuando ella salió, estaba desesperada.

Mientras tanto, Félix intentó acercarse con calma, buscando calmarla, tratar de que entendiera que debía mantener la paciencia, que todo se resolvería a su tiempo. Pero ella no estaba para esperar ni para escuchar.

—¡Necesito ver a mi hija! —exclamó con voz quebrada, casi desesperada—. ¡Por favor, apártate de mi camino!

El hombre la miró con comprensión y determinación.

—Te llevaré a ella, Sienna, y te ayudaré a tener a tu hija contigo. Lo juro por todo lo que soy.

Ella dudó un instante, un segundo donde la esperanza y la desesperación se enfrentaron con brutal intensidad.

Pero ya no tenía a qué más aferrarse, y ese juramento fue su ancla. Asintió con la cabeza.

Salieron juntos del hospital, y ella firmó el alta médica sin mirar atrás. Félix pagó todas las cuentas, con la autoridad y los recursos que solo un hombre como él podía disponer.

—Pero debes volver —insistió él—. Hay estudios que deben hacerse para saber exactamente cómo estás.

—¡Después! —respondió Sienna, sin dejar espacio a la duda—. Lo único que importa ahora es Melody, nada más.

Subieron a un auto lujoso. El chofer tomó la carretera, deslizando el auto por la madrugada con una velocidad calculada, evitando cualquier problema de tráfico.

Ella temblaba, no solo por el frío de la noche, sino por el miedo que le atenazaba el pecho, si Alexis se llevaba a Melody, ¿Cómo podía recuperarla? ¿Y si la acusaba de abandonarla, o ser una mala madre? Tenía terror, Era absurdo, Ella y Alexis siempre fueron como el uno para el otro, ahora eran un perro y un gato persiguiéndose y haciéndose daño.

Félix tomó su mano con firmeza y la observó, notando las heridas, las marcas recién hechas que el dolor había dejado en ella.

—¿Quién te ha hecho esto? —exclamó indignado, con la furia creciente en sus ojos.

—Por favor, ahora no… —pidió Sienna, casi suplicando—. No puedo pensar en eso, solo en mi hija. Ella es todo lo que tengo en esta vida.

Félix asintió, entendiendo que Sienna estaba en una situación bastante complicada que aún no comprendía.

Pronto llegaron al edificio que ella señaló.

Sin perder un segundo, Sienna corrió hacia la puerta como una mujer poseída por la desesperación, solo quería ver a su hija dormida, tranquila, y que esa imagen calmara la tormenta que le destrozaba el alma.

Pero al entrar, el ambiente era distinto, pesado, y la puerta estaba entreabierta, mal cerrada.

Carla, la niñera, estaba en el suelo, llorando con desconcierto y miedo.

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