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Suplicando tu perdón romance Capítulo 32

—¡Sienna, no! —exclamó con un grito que salió de lo más profundo de su pecho, lanzándose hacia ella para cubrirla con sus brazos—. Jamás te pediría algo así… ¡Jamás!

Sienna lo miró con ojos desorbitados, el corazón golpeándole en el pecho como si quisiera salirse de él.

Sus manos temblaban, su respiración era rápida y entrecortada. La desesperación la consumía, y con un grito que parecía desgarrarla desde dentro, respondió:

—Entonces, ¿qué quieres de mí? Nadie ayuda por nada, nadie puede ser tan bueno… ¿Qué buscas? ¿Qué quieres de mí? ¡Maldita sea, dímelo de una vez!

El hombre la sostuvo firme, sus ojos llenos de una intensidad que casi la aterraba.

Con voz firme, pero cargada de una emoción que parecía romperle el alma, pronunció:

—¡¡Soy tu hermano!!

Sienna se quedó paralizada, incapaz de dar crédito a lo que escuchaba.

Sus manos temblaron y su cuerpo quedó casi rígido.

Lo miró como si él fuera un completo loco, incapaz de entender cómo aquello podía ser posible.

—¡¿Qué has dicho?! —susurró, la voz temblando entre incredulidad y miedo.

Él asintió con solemnidad, tomando sus manos entre las suyas, cálidas y protectoras.

—Sienna… eres mi hermana, mi hermanita… al fin te encontré.

Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.

Sienna retrocedió, alejando sus manos y negando con la cabeza, como intentando convencer a su mente de que aquello era imposible.

—No… no, ¿hermanos? ¿Cómo es posible? —preguntó, con la voz quebrada, mientras un nudo de confusión y miedo le impedía hablar con claridad.

—Tu padre… ese hombre que creías tu padre, no lo es —dijo él, con un tono grave, pero lleno de ternura—. Voy a llevarte a conocer a tu verdadero padre. Toda tu vida te han mentido, Sienna.

El aire parecía escaparse de sus pulmones.

Cada palabra caía sobre ella como un golpe invisible que la dejaba sin aliento.

—¡No puede ser… no puede ser! —gritó, sintiendo que el mundo se desmoronaba a su alrededor.

Él la rodeó con sus brazos, firme y protector.

—Deja que papá te explique, por favor…

Sienna lo miró con ojos llenos de desesperación, temblando, con lágrimas brotando involuntarias.

—¡Quiero saber todo ya!

—Entonces ven conmigo. Te contaremos la verdad —dijo, tomando su mano con delicadeza, pero con decisión.

Sienna dudó, la incertidumbre y el miedo peleando dentro de ella, pero finalmente se dejó guiar por esa mano firme que la sostenía.

Avanzaron juntos, en silencio, mientras cada paso la acercaba a un mundo que jamás había imaginado.

***

Mientras caminaba, su mente no dejaba de pensar en Melody. La imagen de su hija la atravesaba como un puñal.

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