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Suplicando tu perdón romance Capítulo 34

Alexis lanzó un suspiro largo y pesado, como si en ese instante cargara el peso de todo el mundo sobre sus hombros.

Su mirada, fría y agotada, se posó sobre Tessa, que lo observaba con una mezcla de ansiedad y algo que parecía impaciencia.

—Debo ir a la empresa —dijo al fin, con voz grave y decidida—. Algo malo está pasando… y no pienso dejar a Melody aquí. La llevaré conmigo.

Tessa dio un paso al frente, alzando la voz con una urgencia apenas disimulada.

—¡No, yo puedo cuidarla!

Alexis negó sin mirarla.

—Mejor no. Ella está muy nerviosa… y no confío en que tú sepas calmarla.

El ceño de Tessa se frunció con fuerza.

—¡No, Alexis! Es mi sobrina. ¡La calmaré yo!

Ese “mi sobrina” sonó como una bandera blanca, pero Alexis no estaba dispuesto a dejar pasar lo ocurrido horas antes.

Sus ojos se endurecieron, y su voz adquirió un filo cortante.

—Si vuelves a decirle que no es mi hija, Tessa… —dio un paso hacia ella, su presencia imponiéndose como una pared—… Te echaré de esta casa sin mirar atrás.

Tessa se encogió instintivamente, retrocediendo un paso.

Por un instante, la máscara de altivez se resquebrajó.

—Le pediré perdón… —balbuceó, bajando la mirada—. Ella es mi sobrina… yo la adoro, Alexis. No volveré a decir nada.

Él la observó en silencio, intentando descifrar si esas palabras eran sinceras o simples conveniencias.

Un segundo más tarde, soltó un resoplido, giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta. No tenía tiempo para discutir.

Al salir, sacó el teléfono y marcó con rapidez.

—Orla, traje a Melody. ¿Puedes venir aquí? —su tono era más suave, pero aún cargaba tensión.

La respuesta fue inmediata.

—¡Voy para allá!

***

En la empresa, la atmósfera estaba cargada.

Apenas cruzó las puertas, Alexis sintió cómo la tensión vibraba en el aire como una cuerda a punto de romperse.

—Señor Dalton —lo recibió uno de sus ejecutivos, con el rostro pálido y los ojos llenos de preocupación—, se ha esparcido un rumor sobre bajas ventas. En cuestión de horas, esto provocó que las acciones cayeran en picada.

Alexis se detuvo en seco.

—¿Un rumor?

—Sí… pero no uno cualquiera. Todo indica que fue malicioso, con el objetivo directo de destruirnos.

El silencio que siguió fue espeso. Alexis sintió cómo un calor amargo subía por su pecho, mezcla de rabia y adrenalina.

—¿Quién pudo hacer esto? —preguntó, cada palabra saliendo como un golpe seco.

—Nadie lo sabe aún… —respondió el hombre, bajando la mirada—. Pero hay más.

—¿Más? —la voz de Alexis se tensó.

—El conglomerado García Ruiz… —dijo el ejecutivo, y ya con ese nombre Alexis enderezó la espalda—… Está buscando un nuevo socio proveedor para la marca de autos de lujo Marclair. Y, señor, nosotros… somos la mejor opción en el mercado.

Por primera vez en esa mañana infernal, los labios de Alexis se curvaron en una sonrisa.

No era una sonrisa ligera, sino una de esas que escondían ambición y una promesa de victoria.

Llevaba años detrás de esa oportunidad.

Él ya era un empresario de peso, pero trabajar con Marclair —la joya de la corona de los García Ruiz— era el tipo de asociación que podía catapultar su empresa a un nivel intocable.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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