Tessa soltó las tijeras con un sonido metálico que resonó en la habitación, como si aquel simple ruido anunciara la magnitud de lo que había hecho. Sus manos temblaban ligeramente, y su rostro, pálido, buscaba una excusa desesperada.
Miró a Orla, y en sus ojos había algo entre temor y desafío, una chispa que intentaba disfrazar la culpa.
—Orla, yo… es que… —tragó saliva, intentando componer su voz—. Quería que Melody tuviera el cabello corto… así mi Nelly no sentiría vergüenza de no tener cabello. Entiéndeme…
Las palabras se escurrieron en el aire como veneno disfrazado de compasión.
Orla ni siquiera lo pensó; la sangre le hervía, la indignación le subía como fuego por la garganta.
Avanzó con paso firme y, sin un segundo de duda, la abofeteó.
El golpe resonó, seco, haciendo que Tessa retrocediera un paso.
—¡¿Cómo se te ocurre usar una excusa tan barata para lastimar a una pequeña?! —escupió Orla, con la voz llena de furia y los ojos brillando de ira—. Toca a mi sobrina otra vez, y te juro que la que quedará sin cabello serás tú.
Las niñas, que hasta entonces observaban en silencio, se sobresaltaron.
Sus miradas eran mezcla de miedo y confusión.
Melody abrazó con fuerza a su peluche, el señor Pink, como si pudiera protegerla de aquel ambiente cargado.
Orla no esperó respuesta. Se inclinó, cargó a Melody, que se aferró a su cuello, y salió de la habitación sin volver a mirar a Tessa.
Tessa, con la mejilla ardiendo por el golpe, llevó una mano a su rostro. Sus labios se curvaron en una mueca amarga y sus ojos destilaban rabia pura.
«Orla… te estás convirtiendo en una molestia que tendré que quitar de en medio», pensó, con un brillo oscuro en la mirada.
***
Orla caminaba con paso rápido, intentando calmar su respiración.
El calor de Melody en sus brazos le recordaba por qué estaba tan furiosa: nadie, absolutamente nadie, tenía derecho a herirla.
Quiso borrar la tristeza de su rostro, así que la llevó a una pequeña heladería del centro.
La niña, sentada frente a un enorme helado de chocolate, comenzó a relajarse. Movía la cucharita lentamente, dibujando círculos en la crema antes de probarla.
—Tía… —su voz era bajita, temblorosa—, ¿papi ya no me quiere? ¿Me cambió por Nelly? Ella le dice papito… y yo no quiero compartir papito. —Un puchero apareció en su carita, mientras sus grandes ojos azules se llenaban de una melancolía que a Orla le desgarró el alma.
Orla sonrió suavemente, ocultando la rabia que hervía en su interior.
—Tu papi siempre será tu papi, Melody. —Le acarició el cabello—. Le dejó a Nelly llamarlo así porque ella se lo pidió… como ha estado enfermita, él quiso complacerla. Fue eso, cariño.
Melody frunció el ceño, inquieta.
—¿Nelly… va a ir al cielo? —preguntó de golpe, con un miedo inocente.
Orla negó con firmeza, apretando un poco más la mano de la niña.
—Claro que no. Está enferma, corazón, pero se va a recuperar. Nelly es fuerte. Y tú y todos nosotros vamos a rezar mucho para que sane, ¿verdad?
—¡Sipi! —respondió con un pequeño brillo de ternura—. Aunque Nelly es tontita… la quiero.
Orla no pudo evitar sonreír, enternecida por la sinceridad infantil.
Pero la sonrisa se le borró cuando Melody, bajando la voz, preguntó:
—Tía… ¿Papito ya no me quiere? Dijo tía mala… que no es mi papito. ¿No es mi papito?
Orla sintió que una ola de furia le quemaba el pecho.
«Esa mujer… se comporta como una auténtica arpía», pensó.
Se inclinó hacia la niña y la miró con seriedad.

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