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Suplicando tu perdón romance Capítulo 36

Antes de volver a casa, Orla decidió hacer una parada. Melody había pasado por demasiado, y el corte de cabello que le había hecho la cruel Tessa era una herida visible que Orla no quería que la niña llevara encima como un recordatorio.

Entraron a la peluquería, donde el aroma dulce de productos para el cabello y el sonido de tijeras en movimiento llenaban el ambiente.

La estilista intentó igualar el cabello de la pequeña, suavizando los mechones irregulares que Tessa había dejado como una cicatriz.

Melody permaneció callada durante todo el proceso, con esos ojos grandes que parecían pedir explicaciones que nadie sabía darle del todo.

Orla, sentada frente a ella, le acariciaba la mano para transmitirle un poco de calma.

Cuando salieron de allí, Orla se sintió aliviada de que al menos el corte se viera más ordenado, pero no podía borrar el hecho de que Tessa lo había hecho con malicia.

Condujo hasta la casa en silencio, con Melody mirando por la ventana, como perdida en sus pensamientos.

Al llegar, estacionó frente a la entrada. El aire de la tarde estaba fresco, y la casa parecía tranquila.

Orla bajó del auto, ayudó a la pequeña Melody a bajar y le ofreció la mano para entrar.

Sin embargo, antes de que pudieran dar un paso, un auto de lujo frenó bruscamente frente a ellas.

El motor se apagó, y en cuanto la puerta delantera se abrió, Sienna apareció.

Su cabello brillaba bajo el sol, pero su rostro… su rostro estaba marcado por la desesperación.

Tenía los ojos abiertos, llenos de urgencia, como si hubiera vuelto del infierno, sin importar nada más.

—¡Melody! —exclamó, con una voz que mezclaba alivio y angustia.

La pequeña dio un respingo y, reconociendo a su madre, gritó:

—¡Mamita!

Soltó la mano de Orla y corrió con todas sus fuerzas hacia ella.

Sienna se agachó para recibirla, y el abrazo que se dieron fue como un ancla que ambas necesitaban.

Sienna la levantó, pegándola contra su pecho, aspirando su aroma como si necesitara confirmar que estaba a salvo, que por fin volvía a sus brazos de donde nunca debió irse.

—Mi amor… mi pequeña… —murmuró con la voz rota, besándole la frente una y otra vez

—Mamita, te extrañé mucho, mucho…

Pero en medio de esa ternura, sus ojos se fijaron en algo que la detuvo.

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