Apenas cruzó el umbral de la mansión, Sienna no dudó ni un segundo.
Su respiración era agitada, los pasos firmes, como si cada pisada fuera un golpe directo contra el suelo.
No escuchó el murmullo de las voces, no sintió el aroma del café recién hecho ni el calor del lugar.
Todo lo que existía en ese momento era el fuego que le ardía por dentro, la rabia contra Tessa que había cruzado un límite imperdonable.
Se dirigió a la cocina sin saludar, sin pedir permiso, ignorando las miradas sorprendidas de las empleadas.
El eco de sus tacones resonó con fuerza en el mármol, marcando el ritmo de su furia.
Una de las mujeres, la más joven, frunció el ceño y dio un paso hacia ella, pero retrocedió al ver el brillo de sus ojos.
—¿Señora Dalton? —atinó a decir con cautela, como si temiera que cualquier palabra encendiera aún más la tormenta que veía venir.
Sienna no respondió.
Abrió de golpe el cajón de cubiertos, el metal chocó con un sonido frío y metálico.
Sin pensarlo, sus dedos se cerraron alrededor del cuchillo más afilado, la hoja brillando bajo la luz como un reflejo de la determinación que la consumía.
Las empleadas intercambiaron miradas de alarma.
Una de ellas, con voz trémula, intentó detenerla:
—¡Señora, por favor!
Pero Sienna ya había girado sobre sus talones cruzando el pasillo hacia el salón, mientras sentía una rabia feroz.
Y allí estaba.
De pie, como si nada, con esa postura arrogante y esa sonrisa apenas insinuada que siempre le había dado ganas de borrarle del rostro. Tessa.
Cuando sus miradas se encontraron, el aire entre ambas se volvió denso, sofocante.
Tessa frunció el ceño, su expresión endurecida, y una rabia antigua le subió como lava por la garganta.
—¿Qué demonios haces tú aquí? —escupió, con un tono que mezclaba incredulidad y desprecio.
Sienna no contestó.
No necesitaba palabras. Se lanzó hacia ella con la velocidad de un rayo, y el chasquido de la bofetada resonó como un látigo en la sala.
El golpe fue tan fuerte que Tessa perdió el equilibrio y cayó de lado sobre el sillón, llevándose una mano a la mejilla ardiente.

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