—¡Si vuelves a intentar alejarme de mi hija… te mataré! —escupió Sienna con la voz rota por la furia—. ¡Y si vuelves a permitir que esa perra le haga daño, como cortarle el cabello a mi hija, otra vez, te juro que te mataré! Por mi hija soy capaz de todo, ¿me escuchas? ¡De todo!
Alexis parpadeó, frunciendo el ceño, como si tratara de descifrar un idioma desconocido.
Sus ojos reflejaban más confusión que culpa, como si ni siquiera entendiera el peso de las acusaciones.
Orla, que estaba cerca, abrió la boca para intervenir, pero la tensión en el aire era tan densa que parecía que hasta el sonido se quebraría si alguien más hablaba.
Sienna lanzó el cuchillo al suelo, con el pecho agitado, intentó apartarse de la escena.
Dio un paso hacia la salida, buscando el aire que le faltaba.
Pero Alexis reaccionó como un animal acorralado.
Avanzó rápido, la alcanzó y le agarró el brazo con tanta fuerza que sus dedos se hundieron en su piel.
—¿Cómo demonios llegaste aquí? —rugió, su voz cargada de ira—. ¿Dónde está mi hija? No te la llevarás… no otra vez. No mereces tenerla, no quiero imaginar qué cosas insanas le enseñarás.
La mirada de Sienna se encendió como una llama repentina. El odio le endureció el rostro, y, sin pensarlo, se liberó de un tirón.
Con un movimiento seco, le dio una bofetada. El sonido fue seco, cortante.
Alexis, sorprendido, apenas tuvo tiempo de llevarse la mano a la mejilla cuando la segunda bofetada llegó, más fuerte, más dolorosa, más cargada de rabia contenida.
El silencio después fue casi más violento que los golpes. Alexis estaba boquiabierto, como si lo imposible acabara de suceder.
—¡Me has pegado! —exclamó, incrédulo, con el ego herido más que la piel.
Sienna dio un paso hacia él, tan cerca que podía sentir su respiración.
—¿Y qué? —su voz temblaba, pero no de miedo, sino de la furia que había estado guardando durante demasiado tiempo—. Escúchame bien, porque no lo repetiré: soporté todo… todo, Alexis, porque ingenuamente pensé que algún día la cordura regresaría a ti. Pero ahora veo la verdad: eres un imbécil. Y ya no me importa si crees o no en mi inocencia. ¡Nunca te perdonaré el dolor que me causaste, y mucho menos que me hayas arrebatado a mi hija, condenándome a vivir un infierno!
Hizo una pausa, y su voz se volvió un cuchillo helado.
—Tampoco te perdono que intentaras matarme. Y al menos, si ibas a hacerlo, hubieras tenido el valor de ensuciarte las manos y mirarme a los ojos. ¡Cobarde! —espetó, la palabra cayendo como un veneno.
Alexis tragó saliva, pero sentía que el aire no llegaba a sus pulmones. No entendía lo que ella dijo sobre matarla, pero estaba ante otra Sienna, una que ya no suplicaba, una que claramente le odiaba.
—No quiero volver a verte. Pronto recibirás los papeles del divorcio… y no quiero nada de ti. Nada. Ni una palabra más. Ni siquiera tu sombra cerca de mí o de mi hija.

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