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Suplicando tu perdón romance Capítulo 48

Gustavo le tomó la mano con desesperación, sus dedos temblaban, aferrándose como si al sujetarla pudiera retenerla para siempre.

—Sienna, no pienses esto de mí… sabes que… ¡Te amo, siempre te he amado como un loco!

La mujer lo miró con una mezcla de incredulidad y furia.

Sus ojos, antes dulces, ahora eran dagas que atravesaban el corazón de Gustavo.

—No me hables sobre eso —le espetó con la voz cortante, como un filo afilado—. Sabes perfectamente que yo no siento, ni puedo sentir nada por ti, salvo nuestra amistad. Y aun así… hasta eso estás manchando.

El rostro de Gustavo se contrajo en un rictus de dolor. Una súplica se escapó de sus labios.

—Lo siento. Nunca… nunca pensé que algo así sucediera. No me odies, Sienna, por favor. Yo no tengo culpa del error en esas pruebas de ADN, te lo juro.

La tomó de nuevo de la mano, con más fuerza, con la urgencia de un náufrago que se aferra a un pedazo de madera en medio del océano.

Sienna quiso retirarse, pero algo en su mirada le mostró un abismo de desesperación que la hizo dudar, aunque solo un segundo.

La tensión era tan pesada que parecía cortar el aire. Hasta que una voz, grave, llena de veneno y rencor, irrumpió como un trueno.

—¿Qué pasa ahora? ¿También vas a seducir a Gustavo, Sienna?

El alma de la mujer tembló. Era Alexis.

Giró el rostro hacia él con la rabia contenida de alguien que ya no podía soportar más.

—¿Qué haces aquí? —le lanzó con un tono feroz.

Gustavo levantó las manos, intentando calmar lo inevitable.

—Cálmense los dos, por favor. Yo… yo lo invité. Sienna, escucha: necesito que ambos sepan, que me horroriza lo ocurrido. Hubo un error… y el culpable fue Franco González, uno de mis empleados. Ya lo despedí. Estoy avergonzado, lo juro, y quiero resarcir el daño, aunque sé que nada puede borrarlo.

Sacó un cheque grueso y lo dejó sobre la mesa con manos temblorosas.

Sienna lo rechazó al instante, como si quemara.

Pero Alexis lo tomó. Lo miró con un desprecio profundo y, sin pensarlo, lo rompió en mil pedazos frente a Gustavo.

—¿De verdad crees que el dinero va a arreglar esto? —rugió, con el rostro desencajado—. ¡El dinero no borra el dolor que nos hiciste pasar!

—¡Ya cállate, Alexis! —gritó Sienna, furiosa, alzando la voz hasta que todo el café quedó en silencio—. ¡Al menos este hombre tuvo el valor de reconocer un error y asumir consecuencias! Tú, en cambio… tú ni siquiera has pedido perdón por el daño que causaste a nuestra hija. ¿Sabes cuántas lágrimas derramó? ¿Sabes cuántas noches pasó abrazando su osito, preguntando por qué su papá no la quiere?

Las palabras lo atravesaron como cuchillas.

Alexis quedó paralizado, mudo, tragando la rabia y la culpa como veneno.

En ese instante, Félix volvió al lugar. Apenas llegó, Alexis, enceguecido por los celos, lo señaló con una acusación venenosa.

—¡Sienna! ¿Sigues con este hombre? ¿Ahora es él quien ocupa mi lugar?

Félix lo fulminó con la mirada.

Sin decir nada, tomó la mano de su hermana con fuerza y la apartó de la mesa, alejándola de Alexis y de Gustavo.

Gustavo quedó inmóvil, viendo cómo se marchaban. Su corazón ardía, no de tristeza, sino de ira contenida.

«Tengo que encontrar la manera de borrar a Alexis de su vida —pensó, con una frialdad aterradora—. Sienna es mía, solo mía… y no la voy a perder.»

***

Alexis, con el alma desgarrada, no pudo contenerse.

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