Por fortuna, Alexis corrió con todo su cuerpo y corazón desesperado, alcanzando a su hija justo a tiempo.
La levantó en sus brazos, sintiendo su pequeño cuerpo temblar entre los suyos, y pudo apartarse del peligro, mientras un auto pasaba demasiado cerca, haciendo sonar el claxon de manera estridente y lanzando insultos por la ventana.
Finalmente, lograron llegar al otro lado de la calle, ilesos, aunque ambos respiraban agitadamente, con el pulso acelerado y el miedo grabado en cada mirada.
—¡Melody! —exclamó Alexis, abrazándola fuertemente contra su pecho—. No debiste cruzar así la calle… ni intentar escapar del colegio.
La niña sollozaba, apoyando su rostro contra su padre, y sus palabras lo hicieron estremecer, como ningún otro evento en su vida lo había hecho.
—Papito… ¿No me quieres?
El corazón de Alexis se rompió en mil pedazos.
Abrazó a su hija con toda la fuerza que tenía, como si así pudiera reparar los segundos que casi la separan de él.
—¡Te amo, mi amor! —gritó con la voz entrecortada—. Yo te adoro, nunca he dejado de amarte, jamás en la vida.
Los sollozos de Melody se mezclaban con preguntas inocentes pero devastadoras:
—Papito… ¿Yo soy una bastarda?
Alexis negó con vehemencia, sosteniendo su rostro entre sus manos y mirándola con la más profunda ternura.
—Nunca, mi cielo. Tú eres mi hija, naciste del amor más puro.
—Pero… ¿Por qué mami ya no te ama? —preguntó, con la voz quebrada, mientras miraba hacia la entrada, donde Sienna acababa de aparecer.
Alexis abrazó a Melody con aún más fuerza, besándole la frente suavemente.
—Perdóname, hija… Papito se arrepiente tanto de haberte hecho llorar —susurró con lágrimas que él mismo no podía contener.
—¿Y mami? —insistió Melody, con sus ojos grandes y llenos de dolor—. Papito, ¿también te arrepientes de hacer llorar a mami?
Alexis miró a Sienna, buscando una respuesta que no venía. La tensión entre ellos era casi palpable, un hilo de ira, amor y arrepentimiento que los mantenía unidos y a la vez separados.
Sienna finalmente tomó a su hija en brazos y, con movimientos cuidadosos, la llevó al coche.
Melody se acomodó dentro, como si allí estuviera segura de nuevo, pero el miedo en su pequeño rostro aún no se había disipado por completo.
Sienna volvió hacia Alexis, con el rostro firme pero cargado de emociones encontradas.
—Quiero el divorcio, Alexis —dijo con voz firme—. Pronto sabrás de mi abogado.
Él la detuvo, su mano aferrando la suya con fuerza contenida.
—¡No me voy a divorciar! —exclamó, la voz cargada de determinación y un dejo de desesperación—. No voy a dejarte el camino libre con tu nuevo amante, ¿entiendes? Si llego a darte el divorcio, será solo porque mi hija se quedará conmigo. Por ella, pelearé con uñas y dientes.
Sienna lo miró, desafiándolo con la misma intensidad.
—Pues peleemos, Alexis, porque nunca me quitarás a mi hija.
Lo empujó con decisión y subió al coche, cerrando la puerta con fuerza, mientras él la observaba, con el corazón lleno de ira y dolor.
Alexis sacó su teléfono y llamó al investigador privado, pero no obtuvo respuesta. Desesperado, marcó otro número.
—Me dijeron que usted es el mejor investigador del país —dijo con voz firme y urgente—. Le llamé antes, pero estaba ocupado. ¿Ahora puede ayudarme?
—Claro que sí, señor Dalton —respondió el hombre—. Reúnase conmigo y resolveremos todo.

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