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Suplicando tu perdón romance Capítulo 50

Al día siguiente, Sienna recibió la llamada de Gustavo.

Su voz, usualmente calmada, ahora tenía un matiz de súplica que le oprimió el corazón.

—Sienna… es mi cumpleaños —dijo él, intentando sonar despreocupado, pero la tensión se colaba en cada palabra—. ¿De verdad no vendrás a celebrarlo conmigo?

Sienna suspiró, sintiendo un nudo en la garganta.

—Feliz cumpleaños, Gustavo —respondió, con voz medida, intentando mantener la compostura—. Pero… sabes que ahora es difícil para mí.

—¡Por favor! —la urgencia se intensificó—. Te lo suplico. Ven a mi fiesta. Nunca has faltado a uno de mis cumpleaños y… no sería lo mismo sin ti.

Ella lanzó un suspiro largo, profundo, cargado de emociones encontradas.

—Está bien —dijo finalmente—. Iré.

—Incluso puedes traer a tu “nuevo amigo”, estaré feliz de tenerlos a ambos aquí —agregó, tratando de sonar ligero, aunque en el fondo su corazón latía con fuerza.

Sienna colgó la llamada, y Gustavo sonrió, sintiendo que el destino le daba una oportunidad.

«Así que Orla fue la culpable de que mi mentira se descubriera» pensó

«Entonces, la usaré para quitar a ese tal Félix del camino de Sienna. Hoy me ayudará a eliminar a mi competencia»

***

Sienna le pidió a Félix que la acompañara; él no dudó ni un instante

—Yo cuidaré a mi nieta, ustedes vayan tranquilos —dijo Eugenio.

Sienna le agradeció.

Por la noche, Sienna y Félix llegaron al salón del hotel lujoso, lleno de invitados.

Gustavo los recibió con una sonrisa amplia, aunque sus ojos brillaban con un fuego que apenas contenía.

—¡Gracias por estar aquí, a pesar de todo, Sienna! Tenerte en mi cumpleaños es mi mayor deseo —dijo, extendiéndole la mano para guiarla hasta la mesa.

Sienna solo esbozó una sonrisa, intentando mostrarse neutral, mientras Félix la seguía, con la mirada vigilante y protectora.

—Parece que la quieres mucho, Gustavo —comentó Félix, inclinándose hacia Gustavo, observando cada gesto de él.

Gustavo asintió con calma, levantando su copa de vino:

—Adoro a Sienna desde la universidad —susurró con sinceridad, aunque su voz apenas alcanzaba a ser audible—. Pero ella eligió a otro.

Félix, comprendiendo todo sin que nadie tuviera que decir palabra, suspiró.

—Es una lástima que eligiera a un hombre tan cobarde como Alexis Dalton —murmuró, y Sienna bajó la mirada, incómoda por lo que escuchaba.

Gustavo sonrió, apenas perceptiblemente, ante las palabras de Félix.

—Si ella me hubiera escogido a mí, nunca habría creído en mentiras sobre su carácter. Sienna es incapaz de ser mala. Jamás traicionaría.

La fiesta continuó, llena de risas forzadas y brindis elegantes. Sienna buscó a Orla, quien apareció con su habitual sonrisa calculadora.

La mujer abrazó a Gustavo y le entregó un regalo con un brillo de complicidad en los ojos.

—Orla, bienvenida —dijo Gustavo, levantando una copa—. Brindemos por tu presencia.

Ella aceptó, tomando la copa casi como si fuera una obligación, pero su sonrisa mostraba entusiasmo.

—No soy buena bebiendo, pero por ti… lo haré —dijo, sin poder ocultar la euforia que empezaba a recorrer su cuerpo.

Gustavo sonrió, consciente de que Orla gustaba de él, pero siempre la ignoró.

«Orla, hoy me ayudarás a deshacerme de un enemigo que amenaza mi posibilidad con Sienna», pensó con frialdad, sus ojos fijos en la mujer.

Al rato, Gustavo invitó a bailar a Sienna, ella no pudo negarse.

Orla, sintiendo los efectos de la bebida en su cuerpo, comenzó a marearse, eufórica y vulnerable.

Una mucama apareció de repente, tomándola de la mano:

—Venga conmigo, señorita, el señor Sainz necesita verla —dijo con voz firme.

—¡Gustavo! —exclamó Orla, sonriendo, casi fuera de control.

La mucama la condujo a un pasillo solitario, empujándola dentro de una habitación a oscuras.

Las luces se encendieron lentamente, revelando a Félix, sin camisa, con músculos marcados por el esfuerzo físico.

Orla lo miró con admiración, sus manos, explorando con fascinación cada detalle de su torso.

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