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Suplicando tu perdón romance Capítulo 51

En la habitación de hotel

El aire estaba impregnado de deseo, pesado, casi espeso, como si la atmósfera misma ardiera con el fuego que crecía entre ellos.

Orla sentía el roce de aquellos labios sobre los suyos, labios que la devoraban con hambre, como si Félix quisiera beberse cada respiro, cada gemido contenido en su garganta.

No podía contenerse, no con aquel afrodisíaco ardiendo en su sangre, corriéndole por las venas como un veneno dulce y prohibido.

Félix no pensaba, solo sentía.

Besaba sus labios con una avidez que le arrancaba el alma, y sus manos recorrían la piel de Orla con desesperación, como si temiera que ella se desvaneciera en el aire si no la poseía de inmediato.

Pronto la ropa comenzó a caer al suelo, prenda tras prenda, hasta que nada quedó entre ellos más que la desnudez cruda y sincera de dos cuerpos que se anhelaban sin piedad.

Piel contra piel, calor contra calor, no pudieron negarse al instinto.

Era como si hubieran esperado ese instante toda una vida, y el destino al fin los hubiera arrojado en la misma hoguera.

Orla temblaba, no sabía si de miedo o de ansias.

La intensidad de Félix la desarmaba.

Sus manos ardientes subían y bajaban por su espalda, su boca atrapaba su cuello, su clavícula, cada rincón de ella como si quisiera reclamarlo todo para sí.

Orla cerró los ojos, dejándose arrastrar por la corriente, víctima de aquel frenesí que no le daba tregua.

Y entonces, cuando se volvieron uno solo, Orla lanzó un quejido.

No era solo de dolor; era de asombro, de entrega, de descubrimiento.

Era su primera vez, y la sensación la abrumaba, pero también la elevaba. Ese instante la quemó entera, la hizo olvidar el miedo, hundiéndola en un océano de placer desconocido.

Los movimientos de Félix eran torpes de deseo, hambrientos, llenos de la urgencia de quien no quiere pensar, sino solo sentir.

Orla se aferraba a él, a sus hombros, a su piel, al calor que emanaba. El cuarto parecía girar, el tiempo detenerse.

Lo único real era el choque de sus cuerpos, el sonido de sus jadeos, los gemidos ahogados que llenaban la habitación.

Ninguno de los dos sabía que todo era grabado. Ninguno podía imaginar que esa intimidad, esa entrega desnuda y pura, sería usada como un arma.

La pasión los consumió hasta dejarlos exhaustos. Hicieron el amor con libertad, con hambre, con el fuego de quienes se saben atrapados en algo más grande que ellos.

Fueron cuerpo, alma y deseo fundidos hasta que el cansancio los venció, y al final, rendidos, se abrazaron en silencio.

Félix la apretó contra su pecho, respirando su aroma, mientras Orla se quedó dormida con la sensación de haber cruzado un límite del que nunca podría regresar.

***

Gustavo observaba el video con una sonrisa torcida.

El reflejo de la pantalla iluminaba sus ojos con un brillo oscuro. No lo dudó. Con un solo clic lo subió a internet, sin compasión, sin un segundo de arrepentimiento.

—Necesito que Orla me quite de encima a ese tal Félix… —murmuró para sí, con veneno en la voz—. Si ese hombre cree que será el nuevo amor de mi Sienna, está muy equivocado.

Apretó los puños.

—He esperado demasiado. Años… siempre a su lado, siempre ocultando lo que siento, aguardando mi momento. Estoy cansado de esperar. Esta vez, llegó el momento de actuar. La amo. Sienna será mía. ¡Solo mía!

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