Las manos de Alexis se deslizaban por la piel de Sienna con una desesperación que quemaba.
Había tanto tiempo sin hacer el amor, tanto vacío entre ellos, que ese roce parecía abrir heridas antiguas y al mismo tiempo encender brasas que nunca habían muerto.
El deseo los envolvía, inevitable, poderoso, pero también lo hacía el dolor, el recuerdo de todo lo que habían sido y todo lo que habían perdido.
No podía negarlo: su piel lo deseaba.
Cada fibra de ella lo reconocía, lo reclamaba, lo anhelaba con la misma intensidad de los años en que él la trató como a una princesa, cuando la miraba como si fuera el centro del universo.
Sin embargo, ese mismo hombre que la había amado, que la había levantado hasta el cielo, también la había destruido con palabras que todavía dolían como cuchillas.
Sienna dio un paso atrás, su respiración temblorosa.
—¡No, Alexis! —gritó, más a su propio corazón que a él.
Alexis la miró con los ojos enrojecidos, furiosos, suplicantes. Su camisa estaba abierta, su pecho firme subía y bajaba con violencia, agitado por el deseo y la sustancia que ardía en su sangre.
—¡Estás drogado! —le espetó ella, con un nudo en la garganta.
Él extendió una mano hacia ella, como un náufrago que pide auxilio en medio del mar.
—¡Siento que muero! —susurró con voz rota—. Te necesito, Sienna. Te amo…
La tomó de la cintura y la obligó a sentarse sobre él, a horcajadas.
Ella sintió la dureza de su cuerpo, el pulso frenético que lo recorría.
Alexis besó su cuello con avidez, con esa urgencia que la hacía estremecerse.
Sus manos intentaban despojarla del vestido, arrastrarla de nuevo a aquel mundo de placer que ambos conocían demasiado bien.
Sienna cerró los ojos.
Estuvo a punto de rendirse. Su cuerpo gritaba por él, su corazón lo traicionaba en cada latido.
Pero su mente la detuvo. Él estaba drogado. No era correcto. No si mañana él iba a odiarla, no si todo quedaba manchado por mentiras y trampas.
No podía volver a caer en ese círculo vicioso.
Lo apartó con todas sus fuerzas.
—¡Te llevaré al hospital!
Alexis quedó hundido en el asiento, la respiración entrecortada, la piel sudorosa.
Ella arrancó el coche y condujo a toda prisa, con el corazón desbocado.
***
El hospital los recibió con luces frías y pasillos interminables. Sienna salió corriendo en busca de ayuda, gritando con voz temblorosa:
—¡Por favor! ¡Creo que ha sido drogado!
Un equipo médico se apresuró a bajarlo en una camilla. Alexis fue llevado a la sala de urgencias, mientras ella se quedaba sola en el pasillo, abrazándose a sí misma, con el miedo, recorriéndole las venas como hielo.
Los minutos parecieron horas.
Al fin, un médico se acercó con expresión serena.
—El señor ha sido drogado, pero ya está fuera de peligro. Hemos aplicado un medicamento que contrarresta la dosis. Estará algo aturdido, pero se recuperará pronto.
Sienna dejó escapar un suspiro profundo, un peso enorme cayó de sus hombros.
—Le daremos el alta en cuanto sea posible. No es ya una emergencia, estará mejor en su casa.
Ella asintió en silencio.
Cuando lo sacaron, Alexis estaba aún aletargado, con la mirada perdida.
Sienna lo ayudó a subir al coche, y durante todo el trayecto lo observó en silencio, preguntándose si algún día volvería a reconocer al hombre que tanto había amado.
Condujo hasta la antigua casa, justo cuando los primeros rayos del amanecer bañaban el cielo de un rojo melancólico.
***
Al otro lado de la ciudad, Tessa abrió los ojos.
El dolor en su cuerpo la golpeó como un recordatorio brutal. A su alrededor, hombres desnudos yacen en la cama, sombras de la noche que había sido un infierno.
Sintió náuseas. Se hizo un ovillo, cubriéndose con las sábanas, deseando desaparecer.
Pero era tarde.

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