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Suplicando tu perdón romance Capítulo 53

—¡¿Qué es esto?! ¡Abusaste de mí! —gritó Orla, con el rostro desencajado, la voz rota entre rabia y vergüenza.

Félix, aún despeinado, con la sábana enredada a la cintura, levantó las manos como si quisiera defenderse de un crimen que él también negaba.

—¡No, no, no! —replicó con torpeza—. ¡Tú abusaste de mí!

Ambos se miraron en silencio, con el horror reflejado en los ojos, como dos animales atrapados en una jaula de la que no había escapatoria.

Era imposible negar lo que había pasado, imposible borrar el sudor en su piel, las marcas de uñas, la mezcla de deseo y confusión que aún impregnaba el aire de la habitación.

De pronto, Félix soltó una carcajada nerviosa, un sonido fuera de lugar, casi cruel.

—Vaya, mira esto… —dijo, intentando sonar ligero, como si la tragedia pudiera convertirse en una broma.

La risa fue la chispa que encendió la rabia de Orla.

Ella agarró los cojines de la cama y empezó a golpearlo con furia, descargando en cada golpe el peso de la humillación.

—¡Idiota! ¡Estúpido! ¡No te rías de mí!

Félix apenas alcanzaba a cubrirse, riendo y gimiendo a la vez, como si aquello fuera un juego.

Pero entonces, un sonido agudo interrumpió la escena: el móvil de Orla vibraba con insistencia.

Ella se quedó helada. Miró la pantalla. Era su madre.

Con el corazón latiendo a mil, contestó.

—¿Mamá?

La voz al otro lado era un látigo.

—¡Orla Dalton! ¿Cómo has podido avergonzar a la familia entera con lo que hiciste?

Orla palideció.

—¿Qué? No… no entiendo, mamá…

—¡Está en todo internet, Orla! ¡Ese maldito video! —La voz de su madre se quebraba de ira y de humillación—. Dios mío, ¡me has matado! ¿Cómo voy a mirar a mis amigas del club a la cara? ¿Cómo va a negociar tu hermano en la empresa cuando todos sabrán que su hermana ha hecho un video pornográfico?

—¡¿Qué?! —exclamó Orla incrédula, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Colgó de golpe y, con manos temblorosas, abrió su móvil en la red social.

Ahí estaba. El video. Su cuerpo desnudo, la intimidad robada, expuesta al mundo entero.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, el estómago se le revolvió.

Se lo mostró a Félix, casi gritando.

—¡Mira esto! ¡Mira lo que hicieron!

Él miró la pantalla unos segundos, y para su sorpresa… sonrió con descaro.

—¡Oh, demonios…! Pero, hay que admitirlo, lucimos muy sexys juntos.

Orla lo miró horrorizada.

Luego, con un alarido de furia, le lanzó un manotazo en el pecho que lo hizo jadear.

—¡Eres un idiota! ¿Fuiste tú? ¡Dime que no lo hiciste tú!

Félix negó con la cabeza, aun entre risas nerviosas.

—No, te lo juro. No me interesa grabar esas cosas, prefiero sentirlas, vivirlas. Eso de cámaras no es lo mío.

—¡Imbécil! ¡No quiero volver a verte en mi vida! —gritó Orla, poniéndose de pie con brusquedad.

Él arqueó una ceja y, con sarcasmo, replicó:

—Eso es lo mismo que les digo todas mis citas. ¿Qué pasa, Orla? ¿Acaso me usaste solo por sexo?

Ella se vistió con prisa, cada botón cerrado como un escudo, y lo enfrentó con los ojos llenos de desprecio.

—No eres tan guapo. Ni tan bueno. Ni tan grande.

Félix se quedó sin palabras por un instante.

Luego, ella lo empujó con fuerza y salió corriendo de la habitación.

Él, irritado, gritó tras ella:

—¡Espera, niñita tonta! ¿Cómo te atreves a humillarme así?

Cuando quedó solo, miró las sábanas revueltas. Había manchas de sangre. Una sonrisa torcida apareció en sus labios.

—¿Quién nos tendió esta trampa? Sea quien sea… lo va a pagar caro.

Tomó el teléfono y llamó a uno de sus hombres de confianza.

—Quiero que averigüen quién filtró ese video. Quiero un nombre. Y hagan temblar hasta al director del hotel si es necesario.

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