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Suplicando tu perdón romance Capítulo 54

—¡No voy a casarme con ella! —gritó Félix con una furia que resonó por toda la mansión, como un trueno que rompía la calma forzada de aquella familia.

Eugenio lo observó, con el ceño fruncido, los ojos encendidos de rabia contenida.

Ese hombre, que había gobernado con puño de hierro su imperio y a su familia, no aceptaba jamás una negativa.

—¿Qué no? —repitió con voz grave—. ¿Acaso te atreves a desafiarme a mí, Félix? ¿A tu propio padre?

Félix lo encaró, respirando agitado, con los puños.

—No pienso arruinar mi vida por una trampa. ¡Esto fue un montaje! Orla Dalton no es una santa, es la hermana de Alexis, y todos sabemos lo que significa ese nombre. ¡Ella es tan mala y venenosa como él!

Eugenio golpeó la mesa con el puño, haciendo temblar los vasos de cristal.

—¡Cállate! —rugió—. Esa mujer es ahora tu responsabilidad. La deshonraste, y tú repararás ese daño. ¡Así ha sido siempre, así será mientras yo viva!

—¡Jamás! —vociferó Félix.

Entonces, Eugenio se inclinó hacia adelante, como un animal dispuesto a atacar.

—¿Lo haces por ella? ¿Por esa tal Fedra? —su voz goteaba veneno—. Esa mujerzuela que fue amante de otros, esa que solo quería arrancarle dinero hasta dejarte seco. Por lo menos tuvo la suerte de casarse con un viejo, de lo contrario estaría ahora mismo aquí, robándonos a nosotros.

Félix se tensó.

—¡Basta, padre! —escupió con odio—. No tienes idea de lo que dices.

Eugenio sonrió con amargura.

—Tengo más idea que tú, muchacho. Y si crees que escaparás de tus actos, estás muy equivocado.

—Hermano —intervino Sienna, con un tono de dolor—, no digas esas cosas de Orla. ¿Y si quedó embarazada? ¿Lo has pensado?

La idea se instaló como un rayo helado en la sala.

Los ojos de Eugenio brillaron de emoción.

—¡Un nieto! —exclamó con un extraño júbilo—. ¡Otro nieto, un varón, la sangre de los García Ruiz asegurada! Eso sería fantástico, Félix.

—¡Eso nunca pasará! —Félix rugió, apretando los dientes con tanto dolor que casi se rompían.

Eugenio, sin embargo, no lo escuchaba ya. En su mente, los engranajes seguían girando.

—Tu destino está sellado —sentenció con calma—. Y si no obedeces, te voy a desheredar.

Félix se fue.

Eugenio lanzó un suspiro y miró a su hija, la notó triste, tomó su mano.

—¿Hija?

—Padre, he pedido formalmente el divorcio a Alexis —susurró.

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