En otra parte de la ciudad, las sombras parecían escuchar cada susurro de Tessa y Horacio.
La mujer, consumida por una obsesión ardiente que le devoraba el alma, hablaba con una voz cargada de veneno, como si cada palabra fuera un dardo dirigido al corazón de su rival:
—Tienes que ayudarme, Horacio. Si no me deshago de Sienna, jamás podré tener a Alexis.
Horacio, un hombre de mirada oscura y manos que parecían hechas para la violencia, la tomó bruscamente del cuello, obligándola a mirarlo a los ojos. Había algo entre ellos, una alianza peligrosa, pero también una tensión que podía explotar en cualquier momento.
—Recuerda —le susurró con un tono frío, casi letal— que esto no es solo por ti, ni siquiera por mí. Es por los dos… y por Nelly. Cuando Alexis sea tuyo, cuando por fin caiga en tus manos, él morirá. Y entonces heredaremos todo.
Tessa lo observó, primero con un estremecimiento de temor, pero pronto su rostro se transformó en una sonrisa venenosa. Entrelazó sus dedos con los de él, acariciando su piel como si ese contacto pudiera calmar la violencia latente.
—Claro, mi amor —respondió, con un tono dulce, seductor, convincente.
Pero dentro de ella, sus pensamientos eran cuchillos afilados: “El único que morirá serás tú, Horacio, cuando dejes de servirme. Nadie más. Ni siquiera Alexis.”
Horacio la miraba con desconfianza, como si supiera que en los ojos de esa mujer no habitaba la lealtad.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó, aun con la duda dibujada en su voz.
Tessa, con una seguridad inquietante, delineó su plan:
—Haré que te encuentres con Sienna en un hotel. La llamarás, fingirás estar desesperado por revelarle toda la verdad. Ella acudirá, porque esa estúpida siempre quiere salvar a todos. Y entonces… apareceremos Alexis y yo. Frente a sus propios ojos, se acabará su mundo. Será su fin.
Su risa resonó en el restaurante como un eco de campana fúnebre, helando la sangre de quien la escuchara.
Horacio asintió, convencido, sin darse cuenta de que él también era solo una pieza más en un juego donde Tessa era la única dueña de las reglas.
Lo que ninguno de los dos sabía era que, a lo lejos, un par de ojos los observaban. Una cámara, oculta con precisión, tomaba fotos y videos de ellos dos.
El nuevo investigador de Alexis ajustaba el lente, capturando aquella evidencia junto a su compañera.
—¿Le decimos al señor Dalton ahora mismo? —preguntó ella, en voz baja, con el pulso acelerado por la tensión.
—Aún no —respondió él, con la calma calculadora de un hombre que sabe esperar—. Necesitamos toda la historia. Hasta el último detalle. Y entonces… caerán.
***
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, un drama distinto se desarrollaba.
Félix sujetó la mano de Orla, quien observaba con horror como aquellos colegas que intentaron humillarla eran reducidos a golpes. Su corazón latía como un tambor desbocado.
Él la condujo hasta su auto, y el silencio se volvió un monstruo invisible que devoraba el aire. Dentro, Orla estaba pálida, los nervios destrozados. No había palabras, solo un vacío cargado de todo lo que ninguno se atrevía a decir.
Félix conducía con el rostro tenso, sin mirarla, hasta que de pronto se detuvo bruscamente al lado del camino. El ruido de los frenos fue como un latigazo en medio del silencio.
Sacó una pequeña caja de la guantera y la extendió hacia ella. Su mirada dura, como el acero, no dejaba espacio para dudas.
—Tómala.
Orla bajó la vista, temblando, y al reconocer el contenido, sintió como si la tierra se hundiera bajo sus pies.
—¿La píldora…?
—De emergencia —confirmó él con una frialdad insoportable—. No quiero hijos. Y lo quiero ver con mis propios ojos. Tómala ahora mismo.
El corazón de Orla se quebró en mil pedazos. Sentía que el aire la abandonaba, que la dignidad se le escapaba como arena entre los dedos.
Con lágrimas, ardiéndole en los ojos, abrió la caja, sacó la pastilla y la tragó. El sabor amargo no solo se quedó en su boca, sino que le desgarró el alma.
Lo miró, y en su mirada ardía un fuego de rabia, de dolor, de odio.

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