—¡Alexis! —gritó Tessa, con la voz temblorosa y cargada de desesperación, como si aquel alarido fuera capaz de romper el instante que acababa de presenciar.
El beso se deshizo de golpe, como si el aire mismo los separara.
Alexis dio un paso atrás, sorprendido por la irrupción, y Sienna, con una media sonrisa en los labios, disfrutó como pocas veces de la expresión de dolor en el rostro de su hermana.
—Mírala —dijo Tessa—. Observa bien, Alexis. Esa mujer que finge ser tan pura, tan fiel… ¿Recuerdas acaso lo que realmente es? Una traidora, una infiel. Y ese vestido que lleva puesto, tan provocador, ¿quién se lo compró? ¿Tu amante, Sienna?
La pregunta cayó como un golpe certero.
Pero Sienna no esperó respuesta. Avanzó un paso, segura, desafiante, con esa elegancia natural que le ardía a Tessa como un veneno en la piel.
—Dime algo, Alexis —susurró Sienna, mirándolo fijamente a los ojos—. ¿Eres ahora el amante de mi hermana?
Alexis apretó los puños, su mirada se endureció como el hielo.
—¡No te atrevas a compararme contigo! —espetó Tessa, con la voz cargada de furia contenida—. Yo no soy como tú, Sienna, que vas de cama en cama, ofreciendo tu cuerpo al mejor postor.
Sienna rio, un sonido frío, elegante, que hizo retumbar las paredes del lugar.
—No, claro que no —respondió con ironía—. Tú eres peor. Una serpiente disfrazada de gusano, obsesionada con lo que me pertenece. Siempre robando en silencio lo que no es tuyo. Dime, Tessa… ¿cuándo me aburra de Alexis y busque a otro, también vas a correr detrás como una sombra desesperada?
—¡Basta ya, Sienna! —rugió Alexis, golpeando la mesa más cercana con el puño, incapaz de soportar la crueldad en sus palabras.
Ella lo miró con rabia contenida, los ojos ardiendo en lágrimas que nunca se permitió soltar.
—No vuelvas a besarme, Alexis —dijo con firmeza, aunque en su voz había un temblor que lo delató—. No quiero volver a sentirte.
Él la miró, respirando con dificultad, con la desesperación de un hombre atrapado entre el odio y el deseo.
—¿Por qué? —preguntó con amargura—. ¿Cuánto valen tus besos, Sienna? ¿Qué precio tienen?
Ella rio otra vez, una risa que escondía mil grietas en su corazón.
—Tus bolsillos jamás podrán pagarlos —respondió con frialdad—. Y ya que hablamos de cuentas pendientes… firma el divorcio, Alexis. Apúrate, porque estoy cansada de esperar.
Dicho esto, Sienna se giró y se dirigió al probador para cambiarse el vestido rojo que llevaba.
Pero antes de que pudiera entrar, Tessa, consumida por los celos, pisó con fuerza la tela del vestido, rasgándolo hasta hacerlo pedazos.
El sonido del desgarrón resonó como un látigo en la sala, y todas las empleadas de la boutique se giraron de inmediato.
Sienna se detuvo, miró el desastre en su vestido y luego a su hermana.
No dudó. La abofeteó con una fuerza que hizo que Tessa retrocediera.
—¡Cínica! —exclamó con voz firme—. ¿Quieres jugar a humillarme? Bien.
Se volvió hacia las empleadas, que miraban sin saber qué hacer.
—¿Cuál es el precio del vestido? —preguntó con calma.
Una de ellas, nerviosa, respondió:
—Es muy caro, señora… casi diez mil euros.
Sienna arqueó una ceja y sonrió.
—Perfecto. Cárguenlo a la cuenta de esta mujer —dijo señalando a Tessa—. O si lo prefieren, a la cuenta de su amante.
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Tessa, que se aferró al brazo de Alexis con desesperación.
—¡Alexis, por favor, lo siento! No quería…
Él la apartó con brusquedad.
—¡Lo pagarás tú misma, Tessa! —sentenció con voz dura, dándole la espalda.
Ella lo miró, devastada, sintiendo que el mundo entero se derrumbaba a sus pies.
Humillada, con el corazón destrozado, juró en silencio que esa afrenta no quedaría sin respuesta.
***
Mientras tanto, en otro rincón de la tienda, Orla intentaba perderse entre los vestidos, rogando que nadie la viera, que nadie la llamara.

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