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Suplicando tu perdón romance Capítulo 57

Alexis se quedó boquiabierto, como si las palabras que había escuchado fueran demasiado pesadas para procesarlas en ese instante.

Su mirada se clavó en Sienna, con un brillo de furia y de incredulidad. Su respiración se volvió pesada, su pecho subía y bajaba con violencia.

—No puede echarnos así… —su voz se quebró, aunque intentó mantener la firmeza—. Primero, porque tengo en mis manos una invitación oficial para postularme como proveedor. Y después… porque usted deshonró a mi hermana. ¡Y tendrá que responder por esto!

El aire en la sala se tensó de inmediato.

Oriana, con las manos temblorosas y el rostro desencajado por la indignación, dio un paso al frente.

Su voz resonó como un látigo que cortaba el silencio.

—¡Usted! —señaló al hombre con los ojos llenos de lágrimas y rabia contenida—. ¡Usted grabó a mi hija en un acto tan íntimo! ¡Se atrevió a exponerla de la forma más cruel y humillante! ¡Pagarán por esto, lo juro!

El hombre, con una frialdad que heló la sangre de todos, se limitó a encogerse de hombros.

Su mirada no mostró arrepentimiento, ni vergüenza, ni un rastro de compasión.

—Yo no la obligué y ella no es una santa, vino a mi habitación y lo disfrutó —sentenció con voz seca, como si esas cuatro palabras fueran suficientes para justificar lo imperdonable.

Orla, la muchacha envuelta en el escándalo, bajó la mirada con el rostro ardiendo de vergüenza.

Sus manos se entrelazaban nerviosas frente a su falda, sus labios temblaban, incapaces de pronunciar una sola palabra.

La humillación la estaba devorando viva. Sentía que cada mirada sobre ella era un cuchillo clavándose más y más en su orgullo.

Verla así, rota y reducida a un silencio que no merecía, provocó que Sienna sintiera una punzada de rabia contra su propio hermano.

Sus ojos se llenaron de rabia, de impotencia, y apretó los puños con fuerza hasta que sus uñas se hundieron en la palma de sus manos.

Félix había cruzado un límite que jamás debió tocar.

Pero antes de que alguien pudiera reaccionar, la puerta se abrió con un golpe seco.

La imponente figura de un hombre mayor apareció en el umbral, irradiando autoridad.

Era Eugenio García Ruiz, cuya sola presencia bastaba para alterar el pulso de todos los presentes.

—¿Qué sucede aquí? —preguntó con voz grave y cargada de poder—. ¿Cuál es el problema? Soy Eugenio García Ruiz.

Oriana lo miró con desesperación, como quien ve la última esperanza de justicia en medio de un abismo.

Se aferró a ese nombre, como si pronunciándolo pudiera salvar a su hija de la deshonra.

—Señor García Ruiz… —su voz tembló, pero su valentía no cedió—. Su hijo ha grabado un video íntimo con mi hija. ¡Él tiene que responder por esto!

Un silencio gélido se instaló en la sala.

El rostro de Eugenio se endureció, y giró lentamente la cabeza hacia su hijo, Félix. Sus ojos, oscuros y severos, lo atravesaron con una mezcla de decepción y furia contenida.

—¡Claro que lo hará! —tronó su voz, con la fuerza de un martillo golpeando el hierro—. Ellos se casarán.

El eco de esas palabras retumbó en las paredes y en los corazones de todos.

Sienna abrió los ojos con incredulidad, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.

Oriana se quedó petrificada, sin aire en los pulmones. Y Orla… Orla levantó por fin la mirada, encontrándose con los ojos de Félix.

Ambos se miraron, y lo que reflejaron sus pupilas no fue alivio, ni esperanza. Fue horror.

Un miedo profundo, casi animal, que les recorrió el cuerpo entero. Sus labios se entreabrieron, como si quisieran gritar en protesta, pero ninguno de los dos tuvo el valor de desafiar la sentencia de Eugenio.

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