—¡Sienna! ¡Cómo te atreves! —exclamó Alexis con voz cargada de furia, alzando la mirada como si cada palabra fuera un latigazo que desgarraba el aire.
Félix y Eugenio soltaron una risa seca, de esas que más que divertir, hieren y humillan.
La atmósfera en la sala se volvió densa, como si cada respiración pesara toneladas.
—Decida, señor Dalton —dijo Eugenio con tono arrogante, cruzándose de brazos con superioridad—. O lo hace… o puede olvidarse de presentar su propuesta como proveedor. Ni siquiera será considerado.
El golpe de esas palabras fue brutal, como si cayera un martillo sobre el orgullo de Alexis.
Tessa, incapaz de contenerse, apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.
El corazón le martillaba en el pecho, lleno de impotencia y rabia.
—¡Sienna! —gritó, incapaz de seguir callando—. ¿Cómo puedes ser tan mezquina con el propio padre de tu hija? ¡Eres una mujer cruel, sin entrañas! Lo traicionaste una vez, y ahora… ¡ahora lo vuelves a dañar!
La acusación retumbó en las paredes como un eco de condena.
El rostro de Sienna permanecía inexpresivo, aunque sus ojos brillaban con un destello ambiguo, mezcla de desafío y dolor.
Tessa, en un arranque de desesperación, corrió hacia el señor Eugenio, como si aferrarse a su juicio pudiera salvar lo que quedaba de la dignidad de Alexis.
—Señor, usted no sabe la verdadera cara de esta mujer —dijo, su voz quebrándose, apuntando a Sienna con un dedo tembloroso—. Ella lo manipula, lo envuelve con sus palabras, pero detrás de esa fachada solo hay veneno.
Alexis, incapaz de escuchar más, rugió con furia:
—¡Cállate, Teressa! —sus ojos destellaban con rabia, pero también con un dolor profundo, como si dentro de sí pensara que, aunque cruel, aquella verdad lo perseguía como una sombra imposible de negar.
Pero Tessa no se dejó intimidar.
El orgullo y la indignación le hervían en la sangre.
—¡No me callaré! —vociferó, su voz retumbando con fuerza—. ¡Sienna es una zorra, una mujerzuela sin moral! ¡Tuvo un amante, engañó a Alexis Dalton, y no le importó destrozar una familia entera!
El silencio cayó sobre la sala como un golpe seco.
Todos contenían el aliento. Las palabras de Tessa eran dagas lanzadas sin piedad, desgarrando la máscara de perfección que Sienna siempre había intentado mantener.
Tessa dio un paso más hacia Eugenio, sin bajar la mirada.
—Ella solo se mueve por dinero, señor García Ruiz. No lo dude, no le crea sus mentiras. No permita que se enrede en su cama como una serpiente disfrazada de ángel.
Eugenio la observó con ojos fríos, oscuros como un abismo. Su mandíbula se tensó.
Y entonces, sin dudar, levantó la mano y la abofeteó con una fuerza brutal. El sonido del golpe resonó en la sala como un trueno, desgarrando el aire.
Tessa cayó al suelo de golpe, el dolor físico mezclándose con la humillación de haber sido callada de la manera más cruel.
Un hilo de sangre apareció en la comisura de sus labios. Sollozó, temblando, mientras su cuerpo se levantaba con estupor.
Nadie se movió. Nadie extendió la mano para ayudarla a levantarse. El silencio era mortal, lleno de juicios mudos y miedos reprimidos.
Alexis miró con horror.
Sienna, desde lo alto de su propia coraza, observaba la escena con un brillo ambiguo en los ojos: orgullo, rabia, tal vez un poco de dolor, pero jamás arrepentimiento.
Tessa, con la voz rota, murmuró entre sollozos:
—Algún día… verán la verdad y quien es Sienna en realidad
—Bien, Tessa —dijo Sienna con una sonrisa ladeada, rencorosa, que destilaba burla y superioridad—. Ya que tanto defiendes al señor Dalton, entonces… arrodíllate tú misma ante mí, hazlo por él, y tal vez le dé la oportunidad de presentar su bendito proyecto.
El silencio en la sala fue sofocante, pesado como una cadena.

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