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Suplicando tu perdón romance Capítulo 59

Orla empujó al hombre con todas las fuerzas que le quedaban, jadeando como si el aire se le escapara de los pulmones.

Sus ojos estaban rojos de rabia y lágrimas, su cuerpo temblaba entre el miedo y el coraje.

Félix, lejos de enojarse de inmediato, soltó una risa amarga, una carcajada cargada de incredulidad.

Sus palabras habían golpeado en lo más profundo de su orgullo masculino. Nadie, absolutamente ninguna mujer, había tenido jamás el atrevimiento de hablarle de esa forma.

Había recibido halagos, sonrisas complacientes, súplicas disfrazadas de afecto.

Pero aquella chiquilla, con sus ojos en llamas y su voz temblorosa, se había atrevido a rasgar su ego. Por un instante, la humillación lo atravesó como un cuchillo.

Sin embargo, se convenció rápidamente de que no podía ser real.

No, se repetía. Ninguna mujer podía ser resistirse a él, ni despreciarlo, se convenció.

Y, aun así, había algo en esa rebelde que le resultaba intolerablemente desafiante. Tenía agallas. Unas agallas dispuestas a destrozarlo, a plantarle cara al mismísimo hijo del poderoso Eugenio García Ruiz.

—Señor García Ruiz, lo esperan para el anuncio —interrumpió un empleado, rompiendo el tenso instante.

Félix cerró los ojos, exhaló hondo y asintió, como si aquel recordatorio lo devolviera al mundo real.

Sin mirar de nuevo a Orla, se giró y se encaminó hacia el salón principal. Su paso resonaba como un eco de amenaza.

***

Dentro del salón, todo estaba preparado para un momento crucial.

Las luces brillaban con un fulgor majestuoso, las copas tintineaban en las mesas, y la expectativa se sentía en cada rincón.

Eugenio estaba a punto de dar un discurso, pero aquel no sería un discurso cualquiera.

Además de anunciar nuevos proyectos y alianzas, presentaría públicamente a su hija, a su heredera, a la mujer destinada a llevar el peso de su apellido: Sienna García Ruiz.

El corazón de Sienna latía con fuerza bajo el elegante vestido que la envolvía.

No era solo nerviosismo por la presentación; era otra cosa, una tensión mucho más íntima y dolorosa.

Sentía los ojos de Alexis clavados en ella, profundos, penetrantes, como si quisieran atravesar cada capa de su alma.

Y en ese instante, los recuerdos la atacaron sin piedad.

“Eran felices…”, se repetía en su mente.

“Ella solía acompañarlo a cada evento, orgullosa de estar a su lado.

La miraban con envidia, porque era evidente cuánto la amaba. ¿Cuántas mujeres más jóvenes, más hermosas, no se acercaban a él con sonrisas insinuantes?

Y él, con aquella seguridad que le derretía el corazón, respondía siempre lo mismo:

—Mi esposa es un tesoro sagrado, no lo perdería por nadie. La amo, y solo tengo ojos para ella.”

Sienna cerró los ojos por un instante, luchando contra las lágrimas.

En aquellos días, había sido feliz, adorada, protegida. Melody era su princesa, y la vida parecía perfecta.

Pero, ¿cómo podía haber cambiado todo tan brutalmente?

Ahora ese mismo hombre la observaba con rabia, con rencor, como si la amara y odiara al mismo tiempo.

Y ella… ella tenía el corazón embrujado, prisionero entre el pasado y la insoportable realidad del presente.

Lanzó un suspiro y se obligó a enderezarse.

Debía subir pronto al escenario.

Tessa aprovechó el instante para acercarse a Alexis, su voz cargada de veneno disfrazado de compasión.

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