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Suplicando tu perdón romance Capítulo 60

Alexis conducía como un hombre fuera de sí.

El volante parecía crujir bajo la fuerza con la que lo sujetaba, y sus ojos, empañados de lágrimas, apenas distinguían el camino.

El motor rugía con desesperación, como si compartiera su tormento interno.

La noche, con su manto oscuro y las luces distantes, se volvía cómplice de aquella locura.

A su lado, Sienna permanecía callada. Su silencio era más ensordecedor que cualquier grito.

Miraba por la ventana, dejando que sus ojos se perdieran en el paisaje borroso, como si buscara escapar a través de la neblina que se extendía más allá del cristal.

De repente, la voz quebrada de Alexis irrumpió en el silencio:

—¿Es tu amante?

Sienna se giró hacia él, incrédula, con los ojos abiertos como si aquella pregunta le hubiese arrancado el aire.

—¡¿Qué?! —exclamó, sin comprender aún el alcance de sus palabras.

Él la miró de reojo, con el rostro endurecido por la rabia y el dolor.

Sus ojos estaban completamente anegados en lágrimas, el reflejo de un corazón que se desangraba.

—Eugenio García Ruiz —escupió su nombre con veneno—. ¡No me mientas, Sienna! ¿Es tu amante?

La tensión en el aire se volvió insoportable.

Sienna no respondió al instante, sino que, como respuesta inesperada, comenzó a reír.

Una risa amarga, rota, que no tenía nada de alegría.

—Sí —dijo con frialdad—, es mi amante. Y no solo él… tengo mil amantes más.

Las palabras fueron como dagas directas al pecho de Alexis. Su rostro se transformó en una mueca de incredulidad y furia.

De un golpe, detuvo el auto en medio del camino.

Los neumáticos chirriaron contra el asfalto, y la brusquedad del movimiento hizo que el silencio se rompiera en mil pedazos.

—¡Eres tan cínica! —gritó, volviéndose hacia ella, con la respiración agitada—. ¡Dime qué me faltó, Sienna! —sus lágrimas caían sin control, manchándole las mejillas, y sus manos, temblorosas, se alzaron para acunar el rostro de ella—. Traté de darte lo mejor de mí, y lo sabes. Dime… ¿En qué fallé?

Sienna lo miró con la misma intensidad, pero en sus ojos también había dolor, un dolor que parecía calcinarla.

—Casi eras perfecto, Alexis —susurró con voz quebrada—. Casi eras el mejor hombre, casi fuiste un sueño hecho realidad… pero fallaste. Fallaste ahora, cuando me culpaste, cuando no confiaste en mí. Ese instante me hizo darme cuenta de que no eres ese hombre. No eres mi hombre.

Sus palabras fueron tan devastadoras como un latigazo. Alexis retrocedió, como si lo hubiese herido con un cuchillo invisible.

Ella, sin esperar más, lo empujó con fuerza, le abofeteó con rabia y abrió la puerta del auto.

La fría brisa de la noche la envolvió mientras salía corriendo, sus tacones golpeando contra el pavimento húmedo.

—¡Sienna! —rugió Alexis, como un animal herido, saliendo tras ella.

La alcanzó en pocos segundos, deteniéndola con un tirón desesperado.

La enredó entre sus brazos con la fuerza de alguien que teme perder lo único que le da sentido a su vida.

Y entonces, sin pensarlo, la besó.

Fue un beso rápido, urgente, casi violento, pero necesario.

Un beso cargado de pasión y dolor, de un amor moribundo que ambos querían negar, pero que seguía ardiendo como brasas ocultas.

Sus labios se encontraron con desesperación, y las lágrimas se mezclaron con aquel contacto.

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