Félix sintió el agua helada.
El río Blanc no tenía piedad: corría furioso, con corrientes que golpeaban su cuerpo con la fuerza de mil cuchillas.
Apenas logró estirar los brazos y, en medio de la desesperación, encontró a Orla hundiéndose.
Sus cabellos se enredaban entre sus dedos, la vio abrir la boca, abajo en el agua, en un grito que jamás se escuchó.
Con la fuerza de un desesperado, Félix la sujetó por la cintura, luchando contra la corriente que quería llevárselos a los dos.
En un último intento, extendió su mano libre hacia una rama que colgaba en la orilla.
Sus dedos sangraron al clavarse en la corteza, pero no soltó.
Gimió de dolor, de rabia, de miedo, mientras el río intentaba arrancarlos de su agarre.
—¡No te sueltes, Orla! —gruñó entre dientes, jadeando, con la garganta hecha fuego por el agua helada.
Ella estaba casi inconsciente, apenas tiritaba, con los labios ya morados. Si no la sacaba en ese instante, sabía que no sobreviviría.
Con un rugido animal, Félix logró impulsarse hacia la ribera y, arrastrando a la joven contra su pecho, salió del río.
Los dos se desplomaron en la tierra húmeda, jadeando, escupiendo agua, temblando hasta los huesos.
Él no se permitió un respiro.
La levantó en brazos, sintiendo su cuerpo rígido y helado. Cada temblor de ella atravesaba su piel como dagas.
Ni siquiera pensó en su propio dolor; apenas podía sentir sus manos, pero lo único que importaba era que ella no muriera.
La cargó hasta su auto, la recostó en el asiento con cuidado y, con manos entumecidas, encendió el motor.
Pisó el acelerador sin contemplaciones.
La ciudad se volvió un borrón de luces.
Cruzó semáforos en rojo, esquivó autos que pitaban con furia.
No escuchaba nada, no veía nada, salvo el rostro pálido de Orla en el retrovisor, sus labios entreabiertos murmurando, algo que él no alcanzaba a oír.
—Aguanta, maldita sea… aguanta —susurraba él, con los dientes castañeteando.
***
Cuando por fin llegó a la mansión García Ruiz, la desesperación se volvió un látigo.
Gritó órdenes a los criados que acudieron asustados al verlo entrar empapado, con un cuerpo tembloroso en brazos.
—¡Llamen a un médico, ahora! —bramó con voz ronca.
—Señor… el doctor está en una emergencia —respondió uno de los empleados, temblando bajo la mirada de Félix—. Vendrá hasta mañana.
—¡Maldición! —rugió.
No perdió más tiempo.
Subió la escalera cargando a Orla, que apenas gemía, y entró en su habitación. Con brusquedad, cerró la puerta con un golpe.
Las mucamas le habían llevado colchas, pero él sabía que no sería suficiente.
Colocó a la joven en la cama y comenzó a quitarle la ropa empapada.
Cada prenda se pegaba a su piel como una segunda capa de hielo. Ella temblaba tanto que parecía que se le iban a quebrar los huesos.
La desvistió hasta dejarla vulnerable, y sin pensarlo dos veces la llevó hasta una tina en la que ordenó llenar de agua tibia.
Él mismo se despojó de sus ropas mojadas, sus músculos tensos, su piel ardiendo de frío.
Entró con ella en el agua, sujetándola con firmeza contra su pecho.
El contraste del calor tibio con el hielo en su cuerpo la hizo gemir de dolor.
Su frente cayó contra su hombro, sus uñas se clavaron en su piel, pero Félix solo la apretó más fuerte.
—Orla, mírame —le suplicó, acariciándole las mejillas heladas—. ¡Mírame, maldita sea! No te mueras… no te atrevas a dejarme ahora.
Ella abrió los ojos apenas un instante, y sus labios temblorosos pronunciaron una sola palabra:
—Frío… tengo mucho frío.
Ese murmullo lo destrozó.
La abrazó con más fuerza, compartiéndole su calor, rogando que volviera a la vida.
Después de lo que pareció una eternidad, logró sacarla de la tina. La secó con toallas, frotando su piel con firmeza para reactivar la circulación.
La recostó en la cama y la cubrió con varias mantas. Pero no bastaba. Ella seguía temblando, los dientes castañeando sin cesar.
Félix arrancó de sus hombros su bata de piel de borrego, la arrojó a un lado y, sin dudar, se metió entre las sábanas.
Se pegó a su cuerpo desnudo, envolviéndola en sus brazos, compartiendo su calor humano.

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