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Suplicando tu perdón romance Capítulo 62

—¡¿Qué estás diciendo, Tessa?! —exclamó Alexis, su voz quebrada por una mezcla de miedo y desconcierto.

Sentía un nudo en la garganta, como si el aire se negara a entrar en sus pulmones.

—Te envié la dirección —respondió ella con frialdad—. Ven a escucharlo por ti mismo.

La línea se cortó de golpe, dejándolo solo con el zumbido ensordecedor de su propio corazón.

Alexis bajó lentamente el teléfono, con los dedos temblorosos, mientras la sangre le palpitaba en las sienes.

Sienna lo miraba, desconfiada, con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido.

—¿Y ahora qué? —preguntó, casi cansada de tanto secreto, de tanto misterio que siempre la arrastraba a un abismo desconocido.

Alexis tragó saliva, incapaz de sostenerle la mirada. Había miedo en sus ojos, un miedo que ella rara vez le había visto.

Finalmente, tomó su mano con desesperación.

—¡Ven conmigo!

Sienna se resistió, apartando bruscamente su brazo.

—¡Ya basta, Alexis! —su voz se quebró en rabia y dolor—. ¡No soy tu muñeca que arrastras a todas partes como si no tuviera voluntad! ¿Qué sucede ahora? ¿Qué nueva verdad escondes?

Él la miró, suplicante, vulnerable.

—Por favor… de verdad, ven conmigo. Es importante. No puedo hacerlo solo.

La duda creció en Sienna, pero también una punzada en el pecho, un presentimiento oscuro que no la dejaba en paz.

Sus labios temblaron, y sin decir más, subió al auto. Algo dentro de ella le decía que esa noche cambiaría todo.

Alexis encendió el motor con manos tensas, y condujo a toda velocidad, sin mirar atrás.

El silencio dentro del vehículo era insoportable, solo interrumpido por la respiración agitada de ambos.

***

Mientras tanto, en aquel lugar, Tessa caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado.

Se mordía las uñas hasta hacerlas sangrar, la ansiedad la devoraba.

Cuando escuchó el ruido de pasos acercándose, no lo dudó.

—Debo hacer esto, Horacio.

Horacio la miro, confundido, sin saber que era lo que ella iba a hacer.

Tomó un objeto pesado y golpeó con toda su fuerza la cabeza del hombre que tenía delante. Él cayó al suelo, inconsciente.

Con los ojos desorbitados y el pecho agitado, Tessa desgarró sus propias ropas con violencia, dejando la piel marcada.

Se echó al suelo fingiendo sollozos desgarradores, cubriéndose el rostro con las manos temblorosas.

—¡Tessa! —la voz de Alexis retumbó en el pasillo.

—¿Qué demonios hacemos aquí, Alexis Dalton? —bufó Sienna, con desconfianza, mientras avanzaban.

Entonces, un grito cortó la tensión.

—¡Ayuda!

Alexis no lo pensó dos veces. Empujó la puerta de una patada, y la imagen que encontró lo paralizó.

Allí estaba Tessa, con el rostro cubierto de lágrimas, la piel enrojecida, las ropas hechas jirones. Parecía un cuadro de dolor y desesperación.

—¡Dios mío! —Alexis corrió hacia ella, arrodillándose—. Tessa, ¿qué te pasó?

Ella lo miró con ojos llenos de pánico, pero en cuanto su mirada se cruzó con la de Sienna, un destello de algo diferente —miedo, pero también cálculo— brilló en sus pupilas. Finalmente, levantó un dedo tembloroso y señaló al hombre tirado en el suelo.

—Él… —su voz era un hilo roto—. Ese hombre quien hacerme daño, es un demente… ¡Es quien inventó todo! Todo fue una mentira. Lo del amante de Sienna… ¡Todo fue una mentira! Mi hermanita… ¡Es inocente!

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