Sienna abofeteó a Tessa con una fuerza que hizo que Alexis se detuviera de inmediato, como si la bofetada hubiera sido un rayo que le atravesara el pecho.
Sus manos, qué momentos antes golpeaban con rabia al hombre culpable de todo, temblaban ahora mientras corría hacia las dos mujeres, el corazón palpitándole con violencia, desbordado de culpa y miedo.
—¡Hermanita, perdóname! —gritó Tessa con la voz quebrada, casi rota por la desesperación.
Sus palabras temblaban como hojas en el viento, y las lágrimas comenzaron a rodar sin control por su rostro.
La policía entró apresurada, tratando de detener la situación.
Intentaron sujetarlo, pero Tessa, con la fuerza de la evidencia en sus manos, señaló el video, y gracias a eso los oficiales pudieron actuar correctamente, asegurando también a Horacio.
***
En la comisaría, la tensión no disminuía.
Tessa declaró con claridad todo lo sucedido, narrando cada detalle con precisión.
Sienna también relató lo que sabía; cada palabra suya era una mezcla de indignación y alivio.
El video fue clave: la prueba tangible de la verdad que destrozaba todas las mentiras que Horacio había tejido con tanto cuidado.
Sienna buscó más en el celular, con la esperanza de hallar otra evidencia, pero solo existía aquel único video.
Observó a Tessa sonreír como la vencedora de un juego que nadie más entendía.
Aun así, algo en su instinto le decía que la mujer estaba coludida, y que había más piezas ocultas detrás de todo este engaño.
Finalmente, el abogado de Alexis Dalton apareció y pagó su fianza.
Horacio, en cambio, esperaba su juicio tras las rejas, y estaba claro que la justicia finalmente lo alcanzaría.
Pero para Alexis, todo eso no tenía importancia: su mundo se había reducido a un solo punto, a la mujer que había acusado injustamente.
Sienna salió de la comisaría con pasos medidos, intentando ignorar a Alexis, pero él no podía dejarla ir.
Corrió tras ella, cada zancada, un reflejo de su desesperación, de su terror a perderla para siempre.
Tessa trató de alcanzarlo, pero Alexis no se detuvo; sus piernas lo llevaron hasta ella, y al verla a la distancia, sintió como si todo el aire de su vida se escapara.
—¡Sienna! —gritó con todas las fuerzas de su corazón.
Ella se detuvo, y por un instante, la sangre le subió al rostro.
Sus ojos encontraron los de él, y en esa mirada Alexis vio la magnitud de su error: el amor inocente que él había traicionado, con sus celos y su desconfianza, con su injusticia cruel, que ahora ya no podría borrar.
—¿Qué? —dijo Sienna con voz fría, casi cortante.
El alma de Alexis se sintió vacía, deshecha, como si su corazón hubiera sido arrancado de golpe.
¡Ella era inocente, y él la había juzgado mal!
La desesperación se le quebró en la garganta, y por primera vez en su vida, se sintió completamente impotente.

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