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Suplicando tu perdón romance Capítulo 72

Alexis miraba a Sienna con una mezcla de sorpresa y desconcierto, como si las palabras que ella había dicho y los pasos que daba no pudieran pertenecerle.

Sus cejas se alzaron involuntariamente, incapaz de procesar la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

La vio bajar con la frente erguida, firme como si en cada movimiento de su cuerpo llevara grabada la dignidad de alguien que se negaba a seguir siendo pisoteada.

Casi de inmediato, Margarita se adelantó con ímpetu, cerrándole el paso como un muro frío y severo.

Su mirada, cargada de reproche y autoridad, ardía con la furia de una madre ofendida.

—¡Sienna! —exclamó con voz temblorosa pero dura—. ¿Cómo te atreves a humillar a tu familia así, delante de todos?

Los ojos de Sienna brillaban con una intensidad peligrosa, como dos brasas ardiendo en la oscuridad.

Dentro de ella, el resentimiento acumulado durante años hervía con violencia.

Esa mujer, Margarita, había jugado con su vida, le había ocultado su verdadero origen, condenándola a crecer con una mentira. La había hecho creer que su padre era un hombre cruel, distante, que jamás la quiso de verdad.

Le arrebató el derecho de conocer la verdad, la redujo a un estorbo, a una sombra en su propia casa.

Sienna dio un paso al frente, con la voz quebrada por la furia y el dolor.

—¿Yo? ¿Humillar a mi familia? —repitió con un amargo desprecio—. ¿Qué familia, Margarita? Tú no eres mi familia. ¡Tú me robaste a la mía! Me mentiste, me engañaste, me arrancaste de mis raíces. Me hiciste creer que no valía nada, que no merecía amor. Y ahora que por fin recuperé la verdad, que encontré a los míos… ¿Vienes a decirme que te respeté? ¡No puedo llamarte madre! ¡No después de haber permitido que tu esposo me maltratara durante años, mientras tú me mirabas como si no existiera!

Margarita se estremeció. Dio un paso atrás, como si las palabras de su hija fueran cuchillos que atravesaban su piel.

El orgullo en su rostro se resquebrajó, mostrando por un segundo un atisbo de miedo.

—¡¿Cómo te atreves?! —vociferó Néstor con rabia, tratando de recomponerse—. Te crie cuando no tenía por qué hacerlo. ¡Eras una bastarda! Te mantuve bajo mi techo, te di un lugar… y así me pagas.

El aire se tensó como una cuerda a punto de romperse. Alexis, que había observado en silencio, no pudo contenerse.

—¡No le hables así! —gritó con furia, interponiéndose, sus ojos fijos en Margarita.

Sienna, en lugar de sentirse protegida, sonrió con ironía, como si esas palabras le dieran aún más fuerza.

—No me mantuviste tú, Néstor. No lo olvides nunca. El dinero siempre fue de Eugenio. Tú solo fuiste una sombra pegada a ella. Un intruso que se creyó importante. Siempre fuiste y siempre serás… un don nadie.

La sala estalló en un murmullo.

El rostro de Eugenio se iluminó con una sonrisa fría, casi cruel, mientras observaba cómo los Molina se retorcían de miedo y vergüenza. Su voz, grave y autoritaria, resonó en el lugar como un veredicto.

—A partir de ahora, señor Dalton —dijo mirando con seriedad a Alexis—, si quiere ser socio proveedor de mi familia, deberá cumplir con dos condiciones. Una será impuesta por mis hijos. La otra, por mí. Y la primera es clara: debe romper cualquier lazo con los Molina.

El silencio se hizo pesado. Néstor y Margarita intercambiaron miradas cargadas de terror.

—¡¿Qué?! —bramó Néstor, rojo de furia—. ¡Eso nos llevaría a la ruina! ¡No puedes hacer eso!

Eugenio levantó una mano con calma, y con un solo gesto ordenó a sus guardias.

—Quiero a estas personas fuera de mi casa. Desde este momento, los Molina no son bienvenidos en mi presencia.

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