El tiempo avanzaba con una pesadez insoportable, como si cada segundo se arrastrara cruelmente, desgarrando el alma de quienes permanecían en aquella habitación cargada de tensión.
Alexis miró fijamente a Sienna; sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de rabia, dolor y miedo.
Dio un paso hacia ella, incapaz de contener el torbellino de emociones que lo consumía.
—¿Acaso esto es parte de tu venganza contra mí? —preguntó con la voz áspera, quebrada, como si cada palabra fuese un filo atravesándole la garganta.
El rostro de Sienna se endureció.
Sus labios temblaron un instante, pero enseguida se transformaron en una mueca de rabia.
Sus ojos ardieron como brasas encendidas mientras respondía con un grito que resonó en las paredes.
—¡Alexis Dalton, no seas un imbécil! —exclamó, con el pecho agitado por la furia contenida—. Mi problema es contigo, solo contigo. Humillarte a ti, hacerte sentir la misma miseria que me causaste, devolverte el dolor que me arrancó la vida… ¡Eso es lo único que quiero! Pero nunca dañaría a inocentes, ¡nunca! Yo no soy como tú.
Las palabras lo atravesaron como cuchillas.
Alexis sintió la vergüenza arderle en las entrañas.
De inmediato, la furia que lo había llevado a soltar aquella acusación se desmoronó en un torbellino de arrepentimiento.
Bajó la mirada, sintiéndose un tonto, un miserable incapaz de comprender la magnitud de lo que ella cargaba en su interior.
Con un suspiro tembloroso, alzó la mano y buscó la de ella, casi suplicante.
Sus dedos rozaron la piel de Sienna, tan fría como un mármol herido.
—Perdóname… —murmuró con voz ronca, cargada de remordimiento—. Estoy exaltado, confundido… Es por Orla, temo tanto que ella sufra, que todo esto la destruya…
El silencio se extendió unos segundos, un silencio que parecía anunciar un respiro, una tregua.
Pero de pronto, una presencia irrumpió como una tormenta inesperada. Gustavo apareció con pasos firmes y un rostro endurecido por la furia.
Sin titubeos, empujó la mano de Alexis con brusquedad, apartándolo de Sienna como si fuera una sombra indeseada.
—¡No la toques! —rugió con los ojos inyectados en celos y posesión—. ¿Acaso no lo sabes, Alexis? Sienna me ha aceptado… y pronto vamos a casarnos en cuanto firmes el maldito divorcio.
Las palabras fueron un disparo directo al corazón.
Alexis se quedó paralizado, con la respiración entrecortada.
El tiempo pareció detenerse, las paredes se cerraban sobre él, y un vértigo insoportable lo invadió.
Su estómago se revolvió con tal violencia que creyó que iba a vomitar. Sentía que su pecho se desgarraba, que un abismo se abría bajo sus pies.
Sienna, en cambio, se quedó petrificada, como si la sangre se le hubiera congelado en las venas.
Sus ojos se abrieron de par en par, cargados de un dolor insoportable, un grito silencioso que nadie más parecía escuchar.
La mención de eso la hizo sentir tan extraña.

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