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Suplicando tu perdón romance Capítulo 83

Tuvieron que volver a la iglesia. El aire estaba denso, como si el mundo se hubiera detenido en ese instante, cargado de un peso invisible.

Antes de entrar, Alexis se adelantó y tomó con fuerza el brazo de Sienna, impidiéndole avanzar.

—¿De verdad vas a casarte con otro hombre? —su voz temblaba entre furia y súplica—. ¿No me darás una oportunidad de redimirme? ¡Incluso hicimos el amor!

Sienna lo miró con aquellos ojos azules que en otro tiempo le habían pertenecido, que habían brillado para él con amor y ternura, pero que ahora solo destilaban frialdad y resentimiento.

Ella respiró hondo, como si contuviera un huracán dentro de sí.

Verlo ahí, tan cerca, tan arrepentido, solo removía las heridas abiertas de su pasado.

Recordó la noche que lo necesitó y él le dio la espalda. Recordó cada lágrima derramada en soledad.

Sus labios se curvaron en una sonrisa amarga.

—Para ti hicimos el amor —dijo con voz cortante—. Para mí fue solo sexo. Solo quitarme las ganas, ¿entiendes? Lo que yo haga o no con mi vida es mi problema. ¡Apúrate a firmar el divorcio!

Alexis la soltó como si lo hubiera quemado el veneno de aquellas palabras. Su pecho se agitaba, dolido, deshecho.

—Eso nunca —gruñó—. Menos para que te quedes con otro.

Sienna giró sobre sus talones y entró a la iglesia, ignorándolo, sin mirar atrás.

Alexis se quedó allí, con la sombra de la derrota, apretándole el cuello.

***

Las campanas resonaron poco después, solemnes, graves, como anunciando un destino del que nadie podría escapar.

El novio esperaba en el altar con gesto firme, aunque en su interior se libraban mil batallas.

La novia avanzaba despacio, cada paso medido como si caminara hacia un destino ineludible.

La pequeña Melody, con sus rizos dorados, reía inocente mientras arrojaba violetas al suelo, ajena al drama que se cocía entre los adultos.

Orla caminaba del brazo de Alexis.

Podía sentir todas las miradas clavadas en su espalda, inquisitivas, pesadas, juzgándola.

En su pecho, el corazón golpeaba con fuerza, pero su rostro seguía impasible, como una máscara perfecta.

Mientras avanzaba, Félix no apartaba la vista de ella. No podía. Su mente, sin embargo, se traicionó, arrastrándolo a un recuerdo que ardía aún fresco.

“Su exnovia, Fedora, de rodillas frente a él.

—No voy a escapar contigo —le dijo él con la voz quebrada, pero firme—. Tengo una boda. Voy a casarme.

—¡No puedes! —gritó ella, con los ojos inundados—. No puedes casarte con otra, menos con alguien que no amas.

Félix la miró con una mezcla de dolor y furia.

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