En el lujoso salón de la boda, el aire estaba impregnado de perfume caro, risas forzadas y el tintinear de copas de cristal.
El ambiente parecía feliz, casi perfecto, como una fotografía diseñada para la portada de una revista. Los invitados sonreían, algunos de verdad, otros solo por conveniencia.
La música envolvía el espacio con acordes dulces, y pronto, todos se pusieron de pie al ver llegar a los novios.
El aplauso fue un trueno colectivo.
Los novios, tomados de la mano, irradiaban una luz resplandeciente bajo la lámpara de cristal que iluminaba cada rincón.
Comenzaron a bailar frente a todos, meciéndose al compás de una canción de amor.
El público los miraba extasiado, convencido de presenciar un cuento de hadas.
Pero entre la multitud, había corazones ardiendo de rabia, deseo y dolor.
Sienna sintió, de repente, un brazo fuerte que la sujetaba con brusquedad.
Apenas pudo reaccionar cuando Alexis la arrastró discretamente fuera del salón, llevándola hacia el pasillo, y de ahí, hasta el baño.
Ella se quedó petrificada, mirándolo incrédula, con un nudo en la garganta.
—¿Qué diablos haces? —espetó con voz cortante.
Alexis, con el rostro desencajado por la desesperación, respondió:
—¡No te cases con Gustavo! ¡No te atrevas!
Sienna rodó los ojos, aunque por dentro el corazón le latía desbocado.
—Ese no es tu problema —replicó con frialdad—. ¿Acaso no te casarás con Tessa por la petición de la pequeña Nelly?
El rostro de Alexis se endureció, casi ofendido.
—¡Claro que no! —rugió—. Porque te amo a ti. ¡A ti! Y sé que tú también me amas. ¡Me lo demostraste esa noche!
Se acercó, acunó su rostro entre sus manos con desesperación. Sus ojos ardían de súplica, como si necesitara respirar de ella para seguir vivo.
Sienna tragó saliva. Sus pensamientos se tornaron un caos.
«Corazón traidor, no latas por él», se repetía en silencio, como un mantra desesperado.
—Tú mataste mi amor —le recordó con voz dolida—. ¿Lo recuerdas?
—¡Lo recuerdo! —gritó él, con los ojos empañados—. Y dime, ¿qué hago para lograr tu perdón? ¡Dímelo, lo haré!
Ella se inclinó apenas, tan cerca que él pudo aspirar el perfume de su piel, aquel aroma que lo atormentaba en las noches más solitarias.
—Déjame ir —susurró ella, con un hilo de voz que le desgarraba el alma.
Alexis, cegado por la desesperación, giró su rostro y la besó con furia, como un hombre que se aferra a un sueño antes de perderlo para siempre.
Pero Sienna reaccionó enseguida: lo empujó con fuerza y salió apresurada, temblando.
Caminaba rápido, con la respiración agitada, odiándose por dentro.
Odiaba sentirse tan vulnerable, odiaba aún amarlo como una loca, odiaba que él todavía tuviera ese poder sobre ella.
Alexis la había herido de la forma más cruel, la había humillado hasta el hartazgo, la había dejado sola cuando más lo necesitaba.
¿Cómo confiaría en que, si alguien más intentaba separarlos, él no volvería a elegir lastimarla? Sienna estaba destrozada.
En el jardín, el murmullo de la fiesta quedaba atrás.

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