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Suplicando tu perdón romance Capítulo 85

El grito que atravesó la música fue tan desgarrador que la fiesta se paralizó de inmediato.

Todos corrieron hacia la piscina, con los rostros llenos de confusión y miedo, y lo que vieron los dejó helados: dos figuras luchaban por salir a la superficie, enredadas, hundiéndose y emergiendo entre espasmos de desesperación.

—¡Ayúdame, Félix, me muero! —chilló una voz femenina, ahogada por el agua.

Félix, al escuchar aquel llamado, volvió el rostro y la vio. Fedora. Sus ojos, grandes y suplicantes, lo atravesaron como un dardo venenoso.

—¡Fedora! —exclamó, sin poder contenerse.

Sin pensarlo dos veces, Félix se lanzó a la piscina.

El agua lo envolvió como un puño helado, pero su cuerpo se movió con la fuerza de la urgencia.

La tomó en sus brazos y, nadando con destreza, la sacó fuera, levantándola entre sus brazos como si aún fuese aquella mujer que un día amó.

No miró atrás, no lo pensó dos veces, no se detuvo a reflexionar.

Solo actuó.

Fedora temblaba, con los labios morados, pero en su mirada había algo más que debilidad: había un brillo de triunfo, una chispa perversa que nadie más notó.

En ese momento, apareció Alexis, jadeando de tanto correr. Al ver a Félix con otra mujer en brazos, su cuerpo se tensó de indignación.

—¿Qué demonios haces? —rugió—. ¡Responde, maldita sea! ¿Dónde está mi hermana?

Félix lo miró, sin decir palabra. Fue otro invitado quien respondió, nervioso:

—La novia… aún está en la piscina.

Las pupilas de Alexis se dilataron.

Un frío brutal lo recorrió de pies a cabeza.

—¡Ella no sabe nadar! ¡Orla se va a ahogar! —gritó, sintiendo que el corazón se le rompía.

De inmediato, se quitó el saco, dispuesto a lanzarse. Pero al escuchar esas palabras, algo en Félix despertó.

Fedora intentó detenerlo, aferrándose a su brazo con uñas y dientes.

—¡No lo hagas, Félix! ¡No la salves!

Pero Félix ya había tomado su decisión. La apartó con brusquedad y volvió a saltar al agua.

Nadó con desesperación hasta encontrar el cuerpo de Orla.

Allí estaba ella, como una muñeca abandonada en el fondo, su cabello flotando como un halo oscuro.

La tomó en brazos y, con un esfuerzo sobrehumano, la llevó hasta la orilla.

La depositó en el suelo, con las manos temblorosas, golpeando suavemente su rostro.

—¡Orla, despierta, no me asustes, por favor! —suplicaba, con la voz quebrada.

Alexis, de pie, se quedó petrificado, con un nudo en la garganta que lo ahogaba.

—¡Hermana! —rugió, sin poder acercarse.

Fue Gustavo quien corrió hasta ella. Como director de un laboratorio médico, conocía primeros auxilios, y sin perder tiempo, comenzó a reanimarla.

El silencio era absoluto; cada segundo parecía eterno. Finalmente, Orla expulsó el agua con un espasmo, tosiendo y jadeando con fuerza.

El alivio se esparció como un suspiro colectivo.

Félix le tomó la mano con una ternura feroz.

—¿Estás bien? —preguntó, casi sin aire.

Orla lo miró fijamente, aún pálida y temblorosa, incapaz de pronunciar palabra.

Él no dudó un instante más: la cargó en brazos con fuerza protectora.

—La fiesta ha terminado para nosotros. ¡Sigan celebrando si quieren! —anunció con voz grave, como una sentencia.

Cruzó el salón con ella entre sus brazos.

Alexis lo siguió de cerca, con la rabia latiendo en sus venas.

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