Tarde en la noche, en la mansión Valente.
Cuando Natalia Ximénez entró a la casa, la sangre de sus rodillas ya se había secado.
La empleada, probablemente advertida por Gabriel Valente con anticipación, la esperaba en el recibidor con el botiquín, a pesar de que la fiesta aún no había terminado.
Con el botiquín en la mano, al ver el estado lamentable de Natalia, la mujer soltó un jadeo de horror:
—Señora Valente, usted... ¿cómo es que terminó así?
Natalia hizo un gesto con la mano. Su voz sonaba increíblemente ronca:
—Dame el botiquín y vete a dormir.
—Pero el Señor Valente ordenó...
—Dije que me lo des. —Natalia levantó la cabeza. En su rostro, usualmente dulce y sereno, la mejilla derecha estaba tan hinchada que, bajo la tenue luz de las lámparas de pared, le daba un aspecto casi aterrador.
La empleada, asustada por la determinación en su mirada, no se atrevió a decir más, dejó el botiquín y se retiró a toda prisa.
Natalia entró al baño cojeando.
Al arrancar la tela de su vestido de gala, la herida tiró con fuerza, haciéndola soltar un quejido ahogado por el dolor.
«¿Dolió?»
Vaya que dolía.
Natalia curvó los labios en una sonrisa amarga.
Ese dolor se lo había causado el hombre al que había amado durante diez años.
En ese momento, el teléfono que había dejado sobre el lavabo empezó a vibrar. La pantalla mostraba la palabra «Mamá».
Natalia presionó el botón para contestar y se llevó el teléfono a la oreja.
—Hola, mamá.
—Naty, me enteré por la señora Pérez que tuviste un problema con la chiquilla de los Valente. Tú, ¿estás bien? Gabriel... ¿sigue enojado?
Al otro lado de la línea, la voz de Elena de Ximénez sonaba con cierta cautela.
La comisura de los labios de Natalia se tensó. En las llamadas de su madre, la pregunta nunca era si le dolía la cara, sino de qué humor estaba Gabriel.
Dos horas antes, en la fiesta de la familia Valente, Giselle Valente se había lastimado, y Gabriel la había interrogado sin siquiera darle el beneficio de la duda, además de darle una bofetada.

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