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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 141

Leo apenas daba unos pasos por el pasillo cuando Lucía García lo alcanzó y prácticamente lo arrastró hasta uno de los baños.

—¿Señorita Lucía? ¿Qué hace?

Lucía cerró la puerta de golpe a sus espaldas.

Justo cuando Leo iba a protestar, ella bajó la voz:

—¡No te muevas!

No tenía tiempo para rodeos y directamente jaló el traje de Leo.

—¿Estás loco? ¿Acaso quieres matarme? ¿No tienes tu propia ropa para ponerte? ¿Por qué llevas esto?

—Señorita, qué hace, me hace cosquillas... jaja... —Leo se retorcía de la risa, hecho un ovillo—. ¿Qué intenta hacer?

—¡Pues quitarte esto! ¡Por qué diablos usas ropa que no te pertenece! —Lucía luchaba por sacarle el saco con desesperación.

—Pero un compañero me dijo que era de una marca carísima... Toda la clase quería que se lo prestara.

—¿Tuyo? ¿Acaso es tuyo? —Con un fuerte tirón, Lucía logró quitárselo y lo hizo una bola—. ¿Acaso Doña Rosa no te enseñó que los niños no deben ponerse la ropa de los adultos?

Apenas acababa de arrojar la prenda a un rincón cuando la cerradura hizo un leve clic y la puerta se abrió desde afuera.

Leo, aterrorizado y con la ropa desaliñada, se encogió detrás de Lucía.

Alejandro Zavala apareció en el umbral. Su alta figura bloqueaba la entrada, y su mirada oscura y pesada se clavó en ellos.

—¿Qué están haciendo?

Lucía no se atrevió ni a mirar la ropa tirada en el suelo; simplemente dio un paso al frente, cubriendo al chico.

—¿Sr. Zavala? ¿Viene al baño? Este está descompuesto, permítame acompañarlo al del segundo piso.

Sin esperar respuesta, Lucía avanzó. Alejandro se detuvo un instante y le lanzó una última mirada a Leo.

Esa mirada fue tan gélida que al pobre Leo se le heló la sangre en las venas.

Lucía no se atrevió a voltear, pero al escuchar los pasos tranquilos de Alejandro detrás de ella, dejó escapar un suspiro de alivio.

Al llegar al segundo piso, caminó rápido hasta el tocador y dijo con frialdad:

—Llegamos.

Justo cuando se daba la vuelta para marcharse, Alejandro le cerró el paso y la miró desde su altura.

—Espera. Tengo un asunto que tratar.

Lucía lo miró, desconcertada.

El frío en los ojos de Alejandro se disipó un poco antes de hablar:

—¿Entonces paso a recogerte mañana? —ofreció Alejandro.

—No es necesario —respondió ella, inexpresiva—. Todavía recuerdo muy bien cómo llegar a la mansión Zavala.

Lucía y Alejandro bajaron las escaleras manteniendo una distancia prudente. Al llegar al comedor, todas las miradas se clavaron en ellos.

El Ministro Zavala y Doña Leonor intercambiaron una mirada.

El ambiente se tensó por unos segundos hasta que la Sra. García rompió el hielo. —Alejandro, siéntate a comer un poco más... Justo acaban de servir unos platos nuevos, deberías probarlos.

Horacio García asintió, haciéndole eco a la invitación.

No fue sino hasta que la familia Zavala se marchó que Julio García se acercó a Lucía.

—¿Qué hacías arriba con Alejandro Zavala?

—Nada. No encontraba el baño y lo guié.

Julio la observó por unos instantes, pero decidió no indagar más.

En ese momento, entró una llamada internacional al teléfono de Lucía.

Ella contestó, hablando en un inglés fluido y utilizando términos técnicos de alto nivel. Para ser honestos, el inglés de Julio no era tan bueno, así que ella ni siquiera tuvo la necesidad de apartarse para hablar.

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