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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 146

En los asientos delanteros, conversaban con una naturalidad y una confianza que dolía ver. De vez en cuando, Jimena soltaba una risa cristalina y cantarina.

Lucía pasó todo el trayecto sumida en el silencio, con la mirada fija en la pantalla de su teléfono, volviéndose tan invisible como le era posible.

Finalmente, llegaron a la mansión Zavala.

Lucía fue la primera en abrir la puerta y bajarse del auto.

Los empleados de la casa ya los esperaban formados.

Ella entró al salón con paso firme.

Tragándose el asco y el orgullo, se sentó frente a Don Guillermo y empezó a recitar maravillas sobre Jimena. Le tomó el brazo al anciano con fingida dulzura y le juró que Jimena era una excelente amiga suya y que jamás, bajo ninguna circunstancia, había sabido del compromiso previo entre ella y Alejandro.

Don Guillermo se limitó a mirarla con fijeza. Tras escucharla, hizo un gesto con la mano, dándole a entender que podía retirarse.

Al salir al recibidor, Lucía encontró a Jimena sentada cómodamente en un sofá. El mayordomo justo le servía una taza de té y, al ver salir a Lucía, se apresuró a decir:

—Señorita García, enseguida le traigo su té...

—No es necesario, no lo voy a tomar —dijo Lucía, dispuesta a marcharse.

En ese preciso instante, Paola Montero entró corriendo al salón.

—¡Querida!

Jimena soltó un dulce «Mmm» y le sonrió, creyendo que la saludaba a ella.

—¡Querida Lulú! —Paola pasó de largo y se aferró con fuerza al brazo de Lucía.

Lucía intentó soltarse discretamente, pero la chica la agarraba como si su vida dependiera de ello.

No le quedó más remedio que responderle con un frío asentimiento.

Jimena se quedó de piedra por un segundo. No podía creer que Paola no se estuviera dirigiendo a ella.

Miró a Lucía con desconcierto. ¿Desde cuándo Paola y Lucía eran tan cercanas?

¿No se suponía que antes se detestaban?

—Ay, esta niña... —murmuró Beatriz Zavala entrando por detrás. Al presenciar la escena, frunció el ceño con disgusto—. Paola, ¿cuánto hace que no ves a Jimena? Ve a saludarla, ella será la futura esposa de Alejandro.

Jimena esbozó una sonrisa de agradecimiento.

Ante el peso de las palabras de la tía Beatriz, la descortesía de una niña pasaba a segundo plano.

—Ah... Hola, Jimena —saludó Paola, sin soltar a Lucía.

Jimena asintió con una leve y elegante sonrisa.

Tras el frío saludo, Paola obligó a Lucía a sentarse en el sofá y se pegó a ella, sin dejar ni un milímetro de separación.

«Querida, mira lo que Jimena le regaló al abuelo. Solo te lo mando para que veas lo buena que es para ganarse a la gente».

El mensaje iba acompañado de una foto de una antigua y valiosísima obra de pintura.

Lucía lo miró un segundo y bloqueó el teléfono.

Estaba claro que Alejandro estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para que Don Guillermo aceptara a Jimena. Lo más probable es que él mismo hubiera comprado la obra en una subasta y la presentara a nombre de su novia.

Paola insistió: «¿Lulú?»

Lucía finalmente respondió: «No necesitas informarme de estas cosas».

Paola: «...»

Tras morderse el labio, la chica tecleó de nuevo: «Bueno... ¡buenas noches entonces! Besos...»

Lucía, que seguía en videollamada con Alan, su empleado en Estados Unidos, decidió ignorar el mensaje.

La verdad era que a Lucía le incomodaba un poco este repentino exceso de cariño de la joven. En su vida pasada, nunca había cruzado más de dos palabras con Paola Montero.

Al principio, Paola estaba tan envenenada por los comentarios de su madre que miraba a Lucía por encima del hombro. Más tarde, los problemas de salud de la chica y sus constantes visitas al hospital la sumieron en tal depresión que apenas se preocupaba por seguir viva, mucho menos por Lucía.

Pero desde que Lucía le había salvado el pellejo aquella vez, la joven le escribía casi a diario, sin importarle que Lucía rara vez le contestara.

Con este asunto finalmente resuelto, Lucía se sintió inmensamente aliviada al saber que ya no tendría excusas para interactuar con la familia Zavala.

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