Alejandro Zavala llevaba varias semanas sin tener una cita formal con Jimena.
La familia Jiménez, ansiosa, la llamó para preguntarle cómo estaban las cosas con él.
Jimena guardó silencio por un segundo mientras, desde su lugar en la ceremonia, observaba al hombre que ocupaba el centro de la primera fila.
—No se preocupen, todo está bien. Alejandro sabrá cómo sacar a su empresa de esta crisis. Para ser sincera, prefiero mil veces ver a un hombre serio y enfocado en su trabajo que a uno que solo piensa en citas.
—Así se habla, en los momentos difíciles es cuando se demuestra el amor verdadero. Tú no eres como Lucía García, que solo sirve para verse bonita. Debes apoyarlo y usar toda tu preparación académica para ayudarlo —le aconsejó Margarita, llena de orgullo por su hija. En su mente, una mujer como Jimena, culta, prudente y capaz de mantener la calma bajo presión, era la verdadera compañera de vida que cualquier hombre poderoso necesitaba.
Margarita no se quedó de brazos cruzados. Escogió los regalos más caros y exclusivos que pudo encontrar y fue personalmente a la residencia de Doña Leonor para dejarlos.
Los guardias de la lujosa privada recibieron los obsequios, y Margarita se retiró de inmediato, sin intentar forzar una invitación a pasar.
Cuando los guardias entregaron los paquetes en la mansión, Doña Leonor levantó la vista:
—¿Ya se fue?
Al confirmarle que la mujer no se había quedado a merodear, asintió levemente:
—Al menos tiene algo de decencia y sabe cuál es su lugar. Todavía no hay nada oficial, pero se nota que sabe guardar las apariencias.
A pesar de sus palabras, Doña Leonor dejó escapar un sutil suspiro, con un destello de desprecio asomando en su mirada.
A sus ojos, el estatus social de los Jiménez seguía siendo demasiado bajo, indigno de su familia. Pero, qué remedio, su hijo estaba empeñado en estar con ella...
A fin de cuentas, si a su hijo le gustaba, no podía hacer mucho más.
Al caer la noche, Doña Leonor cedió y llamó a la casa de los Jiménez.
Margarita fue quien contestó, y Doña Leonor le agradeció los obsequios con una cortesía impecable.
Margarita, casi temblando de la emoción, le aseguró que no era ninguna molestia, argumentando que Alejandro siempre había sido muy atento con ellos. Hábilmente, desvió la conversación hacia lo que Jimena le había comentado esa misma tarde: que ahora más que nunca, estaba volcada en apoyar y comprender a Alejandro en medio de la crisis.
—¿Ah, sí? ¿Eso dijo?
A medida que escuchaba, una leve sonrisa se dibujó en los labios de Doña Leonor y su tono se volvió más cálido.
—Sra. Margarita, debo admitir que Jimena es una joven verdaderamente excepcional.
Al oír eso, Doña Beatriz, Víctor Jiménez y hasta Daniela soltaron un suspiro de alivio monumental.
—Se nota que Doña Leonor ya aceptó a nuestra Jimena. Yo siempre supe que mi niña había nacido para grandes cosas.
—Esto es perfecto. Si tanto el Ministro Zavala como Doña Leonor ya la quieren, entonces solo nos falta convencer a Don Guillermo...
Daniela intervino de inmediato:
—¡Ay, por favor! Mi prima es brillante. Que ese anciano la acepte es solo cuestión de tiempo. Además, Alejandro ya está moviendo sus hilos. Mi tía me contó que él compró una pintura carísima en una subasta y se la regaló al abuelo a nombre de Jimena...
Doña Beatriz asintió, con la sabiduría que solo dan los años:
—Con la edad que tengo, me conozco este tipo de jugadas al derecho y al revés. Ese viejo zorro sabe perfectamente que fue su nieto quien compró el regalo. Y si su nieto se toma tantas molestias por ella... aunque el viejo no lo admita en voz alta, tarde o temprano terminará cediendo. A fin de cuentas, si Alejandro la ama de verdad, el abuelo no va a poder oponerse para siempre.
—El simple hecho de que haya aceptado el regalo y se haga de la vista gorda ya es una señal de que está aflojando.
Víctor y Margarita casi saltan de alegría.
Sentían que la entrada triunfal de Jimena a la élite absoluta de Puerto Coral era ya solo cuestión de tiempo.

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