Alguien llamó suavemente a la puerta de la oficina. Era Julio García, quien acababa de llegar de la fábrica y, tras escuchar el escándalo de Daniela, entró y cerró la puerta tras de sí.
—Ya me enteré de lo que pasó hace un rato.
Caminó hasta el escritorio de Lucía y se cruzó de brazos.
—Lulú, eres mi hermana y sé que no debería meterme en tu vida privada. Pero mira la situación...
—Necesitas encontrar a un hombre que sea mil veces mejor que Alejandro... Aunque, bueno, no es tan fácil encontrar a alguien de su calibre, y seguro vendrán a provocarte de vez en cuando. Pero eres una mujer brillante y hermosa, ¿de verdad no hay nadie que te esté pretendiendo?
Julio desenroscó la tapa de su termo, recordando algo que le habían comentado recientemente.
—Por cierto, escuché que Gustavo Beltrán te trajo a casa el otro día. ¿Qué te parece él?
—Imposible —Lucía negó con la cabeza sin dudarlo—. A él le gustan las mujeres casadas.
Julio, que estaba a punto de tomar un sorbo para calmar los nervios, escupió el agua de golpe y empezó a toser.
—Vaya... jamás me lo hubiera imaginado.
—No te preocupes por mí. Tengo un amigo de internet que se convirtió en un buen amigo en la vida real. Quién sabe, tal vez termine siendo mi esposo. Pronto vendrá a trabajar al Consorcio García, te lo presentaré cuando llegue —le sonrió Lucía antes de volver a sumergir la vista en sus documentos.
Julio se quedó parpadeando, asimilando la información, y luego asintió lentamente.
—Bueno, veo que tienes las cosas claras. Supongo que no tengo de qué preocuparme.
Sin embargo, al observar esa expresión de absoluta indiferencia en el rostro de su hermana, sintió que algo no encajaba.
Ya estaba en la puerta, con su termo en la mano, cuando se detuvo y se giró para mirarla de nuevo:
—Pero... ¿tú lo amas?
Sentía que su hermana menor había cambiado demasiado. La niña que antes no podía ocultar sus emociones y lloraba por todo, ahora era un muro de serenidad; parecía capaz de aceptar y soportar cualquier cosa sin inmutarse.
Lucía levantó la vista y le respondió con un tono tan casual que parecía estar hablando de la vida de otra persona:
—¿Acaso no está de moda casarse primero y enamorarse después?
Ese mediodía, mientras Jimena se cambiaba de ropa en su casa, recibió una llamada desde Estados Unidos.
Margarita de Jiménez, furiosa por todo el fiasco de Bellissima Cosméticos, le había ido a contar sus quejas a su madre, asegurando que la familia García estaba llena de víboras calculadoras.
Fue así como Doña Clara de Torres, la abuela materna de Jimena y profesora emérita en una universidad estadounidense, decidió llamar directamente a su nieta. Al ver de quién se trataba, Jimena detuvo todo lo que estaba haciendo y contestó con profundo respeto.
La abuela la aconsejó con la sabiduría de los años:
—De ahora en adelante, mantente firme en tus decisiones y no le des a nadie la oportunidad de pisotearte. El corazón humano es un laberinto y nunca puedes estar segura de las intenciones de los demás. Puedes ser amable, pero no confíes ciegamente en las palabras ajenas, y mucho menos dejes que la compasión te quite lo que te pertenece.
—Lo tendré presente, abuela —respondió Jimena, asintiendo obedientemente. Siempre había venerado las enseñanzas de su abuela.
Después de este tropiezo, Jimena se dio cuenta de que aún le faltaba mucha experiencia.
Comparada con la visión implacable, la determinación y la frialdad de Alejandro, ella aún estaba a años luz de distancia.
—Menos mal que tienes a Alejandro apoyándote —continuó Doña Clara—. Asegúrate de demostrarle tu gratitud de la forma correcta...

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