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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 184

Lucía se dio cuenta de su mayor error.

Si el destino insistía en repetir la tragedia de su vida pasada, lo último que ella debió haber hecho era arrastrar a su inocente cuñada a las ruinas de la familia García.

—Cristina... yo... perdóname...

«¿Podrías divorciarte de mi hermano?»

Abrió la boca, pero esa última frase se le quedó atorada en la garganta. Sentía que cada palabra era un cuchillo cortándole el alma.

La aplastante culpa y la desesperación le robaron el aliento. Lucía se llevó una mano a la frente ardiendo. Todo se volvió negro; sus piernas cedieron y se desplomó en el suelo.

Cristina ahogó un grito de terror.

Zacarías Vargas reaccionó en una fracción de segundo. Dio un paso largo y atrapó a Lucía antes de que golpeara el piso. Mirando a Julio, que corría hacia ellos, le ordenó: —Ocúpate de tu madre. Yo llevaré a tu hermana al hospital.

Sin dudarlo, cargó a la chica en brazos...

El auto arrancó a toda prisa alejándose de la mansión García, pero a mitad de camino, los sobresaltos del trayecto despertaron a la joven en el asiento trasero.

No lloró ni gritó. Se quedó mirando fijamente las sombras de los árboles a través de la ventana, con una voz tan frágil que parecía un susurro del más allá.

—Tío, llévame al cementerio.

Zacarías la miró por el espejo retrovisor y frunció el ceño severamente. —No digas tonterías. ¿Sabes qué hora es? Vamos directo al hospital.

—¡No quiero ir al hospital! —La voz de Lucía se rompió de pronto en un grito desgarrador, y las lágrimas que había contenido durante días estallaron—. Quiero ver a mi papá... todavía tengo cosas que decirle. Te lo suplico, tío, llévame al cementerio...

En ese momento, el celular de Zacarías empezó a sonar; eran de la casa. Sin contestar, sabía perfectamente de qué se trataba.

—Seguramente tu mamá ya se enteró de que te desmayaste. Mejor volvamos para que te vea... Lulú, ya eres una mujer adulta. Hay que mirar hacia adelante.

Pero Lucía no escuchaba razones. Lloraba con tal desesperación que se le desgarraba la voz. —Te juro que mañana mismo me pongo a trabajar... solo quiero ir al cementerio esta noche. Una última vez.

Al verla derrumbarse de esa manera, Zacarías temió contestar el teléfono y que su hermana escuchara los sollozos desgarradores de su sobrina. Suspiró profundamente, detuvo el auto para enviar un mensaje rápido y luego cambió de ruta hacia el cementerio.

Lucía pasó más de una hora frente a la tumba. Los mensajes de la familia exigiendo noticias no dejaban de llegar. Justo cuando Zacarías estaba a punto de ir a buscarla por la fuerza, la vio caminar de regreso, paso a paso.

El viento helado le había secado las lágrimas en el rostro. Su mirada volvía a estar vacía, pero ahora irradiaba una calma aterradora.

Ya no lloraba. Se detuvo junto a su tío y le dijo en un susurro: —Tío, vámonos a casa.

Al llegar, Elena los recibió y, al ver a Lucía, la abrazó rompiendo en llanto nuevamente.

Poco después, exhausta, Elena se quedó profundamente dormida.

Lucía, sin decir una palabra más, se dirigió a su habitación, cerró la puerta con seguro y bloqueó todas las rendijas, aislando cualquier rastro de luz o sonido del exterior.

Julio y Cristina estaban muertos de preocupación, pero por más que tocaron a su puerta, no hubo respuesta.

A la mañana siguiente, Julio madrugó.

Para su sorpresa, Lucía ya había desayunado y se había ido a la oficina.

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