Esa noche, cuando Julio regresó del trabajo y se enteró del caos, le entregó su saco a Doña Rosa, la empleada, y fue a tocar a la puerta de su hermana.
—Vaya, Lulú, ¿desde cuándo te volviste tan rebelde? —Julio soltó una carcajada—. Pero oye, te creo si me dices que prefieres a Gustavo Beltrán o incluso a Lucas Paredes, ¡pero no puedes elegir a Camilo Zavala! Ese chico es un ratón de biblioteca...
—No hables así de él —Lucía le dio la vuelta al periódico financiero que estaba leyendo—. Te aseguro que vale mil veces más que Alejandro.
—Solo lo hiciste para darle una lección a Alejandro, ¿verdad? Aunque, para ser sincero, me alegra que hayas dejado de agachar la cabeza y aguantar todo en silencio.
—No es eso —Lucía frunció el ceño con frustración—. Julio, escúchame bien: no es un juego, no es una táctica, ni lo hice para darle celos. Es que ya no siento absolutamente nada por él.
Julio se quedó paralizado. Por un instante, no supo si creerle o no.
—Julio... —Lucía bajó el periódico y lo miró fijamente—. Ayúdame a convencer a papá y mamá. ¡Por nada del mundo voy a casarme con Alejandro! Diles que estoy perdidamente enamorada de Camilo y que nuestra relación va en serio.
Julio alzó una ceja: —A ver, ilumíname. ¿Qué le ves a Camilo Zavala?
—Es joven, hace caso y me da paz.
Julio se quedó en silencio. Que Alejandro Zavala le hiciera caso a alguien toda la vida era tan probable como que lloviera hacia arriba.
Camilo, por otro lado, era un joven de modales impecables y, efectivamente, mucho más dócil que su hermano. —De acuerdo, me convenciste.
Lucía sonrió por primera vez en el día: —Sabía que podía contar contigo.
En ese momento, la imagen de su futura cuñada cruzó por la mente de Lucía. —Oye, ¿y cómo van las cosas con Cristina Quiroga?
En el pasado, Julio siempre inventaba excusas para huir de las citas a ciegas que sus padres le organizaban. Sin embargo, terminó aceptando conocer a Cristina y empezaron a salir. Lucía sabía que Cristina era la primera y última cita a ciegas de su hermano, pues con ella terminaría frente al altar.
Julio, que apenas había salido con ella un par de veces, se encogió de hombros: —Pues, parece una buena muchacha de familia.
Lucía sabía que Cristina se había enamorado de Julio desde el primer cruce de miradas, pero en esta etapa, Julio todavía arrastraba un interés no correspondido por Jimena, por lo que su actitud hacia Cristina era bastante fría.
—A esta familia le hace falta una buena muchacha —sentenció Lucía.
—Veremos cómo fluye —Julio asintió con indiferencia. A él nunca le gustaba hablar de su vida sentimental.
Lucía notó esa barrera. Se mordió el labio inferior, sintiendo un nudo en el estómago. No quería que Cristina terminara con el corazón roto.
—Julio, Jimena no es para ti. Cristina es la mujer perfecta para estar a tu lado.
—¿De qué hablas? Ni siquiera me interesa esa mujer.
Lucía frunció el ceño. Había mencionado a dos mujeres, pero él solo se molestó en defender su postura sobre Jimena.
El hombre del que Lucía había estado enamorada toda su vida, y su propio hermano... ambos hipnotizados por Jimena.
En ese instante, sintió una profunda tristeza por sí misma y por la pobre Cristina.
...
Tras salir de la habitación de su hermana, Julio fue directamente al despacho de su padre.
—Papá, ya que mi hermana insiste en que ahora quiere a Camilo, lo mejor será dejar el tema de Alejandro en paz. Alejandro es un lobo indomable; si no quiere a Lulú, obligarlo a casarse con ella solo será una bomba de tiempo que nos estallará en la cara —intentó persuadirlo Julio.
Horacio García no era ningún tonto. Entendía la lógica perfectamente.
Pero su mayor temor era que su hija estuviera cometiendo el peor error de su vida solo por despecho.


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