Jimena se sentó en el sofá con una postura impecable, escuchando en silencio las profusas disculpas del presidente Cisneros y su esposa. Mantuvo una sonrisa medida y elegante en todo momento.
Cuando terminaron de disculparse, Jimena habló con suavidad:
—Esa fue una rabieta personal de Lucía García. Ustedes no tienen por qué sentirse culpables. Es ella quien debería disculparse, no ustedes.
Al ver su actitud tan comprensiva y madura, el señor y la señora Cisneros sintieron que les volvía el alma al cuerpo. De inmediato, se deshicieron en halagos y frases de cortesía.
—Son ustedes muy amables... —respondió Jimena, con la mirada fría pero educada.
El señor Cisneros charló un rato de negocios con Víctor Jiménez, el padre de Jimena, y luego se despidieron de la familia.
Toda la familia Jiménez tenía muy claro que aquel servilismo y atención desmedida se debían exclusivamente a un factor: ella era la novia oficial de Alejandro Zavala.
Gracias a la protección de Alejandro, las figuras más importantes de la alta sociedad la trataban entre algodones.
Víctor, su esposa Margarita y la matriarca, doña Beatriz Jiménez, compartían el mismo deseo en secreto: ojalá Jimena y Alejandro se casaran lo antes posible.
O, al menos, que oficializaran su compromiso.
...
Una vez que despidieron al señor y la señora Cisneros, Margarita le preguntó a su hija:
—Jimena, ¿Alejandro todavía no te ha mencionado cuándo se van a casar?
Jimena negó con la cabeza.
Aunque Alejandro no le había propuesto matrimonio, la actitud de la élite hacia los Jiménez dejaba claro que todos daban por hecho el enlace.
Incluso si él aún no hablaba de bodas, la familia Jiménez sentía que no había motivo de alarma.
Margarita sonrió con malicia y dijo:
—¡Ya quiero ver si esa víbora de Lucía se atreve a seguir sonriendo cuando ustedes dos se casen!
Jimena ignoró el tono rencoroso de su madre y la calmó:
—Mamá, no te rebajes a su nivel. Lucía es solo una inmadura...


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