Lucía se sentía intranquila mientras acompañaba a su madre en el hospital.
En su vida pasada, Alejandro había creído por error que ella había lastimado a Jimena. Recordaba perfectamente cómo la había acorralado, agarrándola por el cuello, con los ojos inyectados en sangre por la ira. Todavía podía sentir esa sensación de asfixia.
Si esta vez él asumía que ella había bañado a Jimena en vino a propósito, definitivamente no la dejaría en paz...
Había escuchado que Alejandro estaba de viaje de negocios. Si no recordaba mal, andaba por el Medio Oriente, una zona de guerra activa, y quedarse atrapado allí era bastante peligroso.
¡Lo mejor sería que no regresara nunca!
Justo cuando ese pensamiento cruzó por su mente, Lucía soltó un quejido tras cortarse levemente el dedo con el cuchillo mientras pelaba una manzana.
Rápidamente se llevó el dedo a la boca.
Elena la miró con preocupación:
—¿Por qué estás tan distraída? Déjame ver tu mano.
Lucía sonrió, avergonzada:
—No es nada, ya pasó. No me corté profundo.
Le entregó la manzana a su madre.
—Toma, mamá, come un poco. Tengo que salir un momento, pero vuelvo enseguida.
—Espera —Elena le sujetó la mano. Ver a su hija siempre sola, trabajando sin descanso, le partía el corazón—. Tu padre nos dejó de repente y tu hermano ya hizo su vida. Ahora solo me quedas tú. Mi mayor deseo es que te cases pronto, que encuentres a un buen hombre que te cuide y te proteja. Así podré estar tranquila...
Lucía no esperaba que su madre siguiera tan preocupada por su futuro matrimonio.
¿Por qué las madres siempre creen que casarse es la solución mágica a todos los problemas?
—¿No te basta con que tu hija se quede contigo para siempre?
—Eso suena precioso, pero... —Elena tenía el rostro pálido y suspiró mientras le acariciaba la mano.
—Mamá, Camilo apenas empezó su maestría, nos queda mucho futuro por delante...
Elena forzó una sonrisa. No estaba hablando de Camilo. Conocía a su hija mejor que nadie; sabía que Lucía solo veía a Camilo como a un hermano menor.
—Está bien, de acuerdo.
En ese instante, Doña Rosa entró con un recipiente de agua tibia para que Elena se lavara las manos y pudiera comer su fruta.
—Mamá, voy y vuelvo.



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