—Alejandro, Lucía le arrojó vino a Jimena, así que solo quise darle una pequeña lección —soltó Lucas, admitiendo sin tapujos lo que había sucedido en el banquete.
Al escuchar esto, la mirada de Alejandro se volvió un bloque de hielo.
—Pero ya me encargué de ella, Alejandro. Dice que no lo volverá a hacer.
Sin siquiera dirigirle una mirada a Lucía, Alejandro soltó un gruñido tajante:
—¡Lárgate!
Lucía no lo pensó dos veces; se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás.
—No pasa nada, Alejandro, ya no estoy molesta.
Jimena se aferró al brazo de Alejandro y enfatizó:
—Lucía no sabe nadar, así que la pasó bastante mal en el agua. Creo que ya aprendió la lección y te aseguro que se le quitará lo caprichosa.
Pero Lucía no solo sabía nadar, lo hacía con maestría.
Como un pez de aguas profundas, había aguantado la respiración y cruzado todo el estanque sin esfuerzo.
Lucas ya lo había descubierto.
Jimena no podía permitir que Alejandro también se diera cuenta...
Aunque Lucas sintió que las palabras de Jimena eran algo extrañas, no le dio mucha importancia. Al final, ese era el resultado que él quería.
Hacer quedar a Lucía como la víctima más miserable para que Alejandro no tomara represalias mayores.
Cuando Lucía se alejó, su ropa destilaba agua y su aspecto era deplorable. Al pisar las baldosas de piedra con sus pies descalzos, resbaló levemente, emitiendo un débil sonido.
Alejandro detuvo sus pasos. Justo cuando iba a girar la cabeza para mirar...
Jimena se le adelantó, aferrándose aún más a su brazo y sacudiéndolo suavemente para distraerlo.
—Alejandro, me inscribí en una competencia de carreras de autos.
—¿Carreras de autos?
—Sí, empieza en dos meses.
...


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