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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 200

En su vida anterior, apenas murió Horacio, la familia Jiménez dio por sentado que el Consorcio García estaba en ruinas. Eso, sumado a los jugosos contratos que Alejandro les entregó, infló el ego de Margarita y los suyos hasta las nubes. Fueron al sanatorio específicamente para burlarse de Elena y provocar su caída en la locura.

Esta vez, Lucía fue directa y contrató a dos enfermeras con entrenamiento físico para proteger a su madre.

Había levantado un muro impenetrable alrededor del sanatorio. Estaba convencida de que, si bloqueaba el acceso de extraños, su madre estaría a salvo.

Pero poco después, su teléfono sonó de urgencia desde el sanatorio...

Le informaron que Elena estaba en crisis; gritaba el nombre de su hija de forma descontrolada, había perdido el sentido de la realidad y no reconocía a nadie.

Lucía se puso de pie de un salto, sintiendo cómo la sangre se le helaba en las venas.

Agarró su abrigo y salió corriendo. Sentía como si una garra de hielo le estrujara el corazón; hasta respirar le costaba trabajo por el pánico.

—¿Qué diablos pasó?

Al llegar apresurada al sanatorio, Lucía preguntó desesperada:

—¿Alguien vino a visitar a mi madre?

Elena estaba acurrucada en la cama, con la mirada vacía. Solo cuando vio entrar a Lucía, reaccionó levemente y se aferró a su mano como si fuera un salvavidas.

¿Cómo era posible que una persona estable colapsara mentalmente de un segundo a otro?

La enfermera, pálida como un fantasma, negó frenéticamente:

—No, de verdad que no. No nos hemos separado de ella ni un instante. Aparte de su cuñada, los médicos y nosotros, absolutamente nadie más ha entrado.

Lucía supo que algo andaba muy mal. Un presentimiento atroz le revolvió el estómago.

—¿Dónde está el celular de mi mamá?

La enfermera lo sacó apresuradamente de la mesita de noche y se lo entregó.

Lucía encendió la pantalla de inmediato y revisó los mensajes de texto.

Su madre había vuelto a perder la razón, tal como antes.

Si la historia seguía este curso, el Consorcio García sería destruido, Julio moriría, y todo indicaba que la tragedia era inminente. A pesar de todo lo que había hecho desde que renació, los engranajes del destino la estaban arrastrando sin piedad hacia el mismo final fatal.

En ese instante, Cristina Quiroga regresó apresurada, con el rostro desencajado por la angustia.

Antes de que entrara, Lucía borró el video rápidamente, pero no sin antes memorizar el número de teléfono desde el que fue enviado.

—¿Qué le pasó a mi suegra?

Cristina caminó a toda prisa hacia la cama.

Lucía se puso de pie lentamente. En su rostro no quedaba ni el más mínimo rastro del colapso emocional de hacía un segundo. Habló con una voz suave pero firme:

—Lo siento, cuñada. Tengo que salir un momento. Cuida a mi mamá.

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