Unos días después, Lucía volvió al trabajo.
Apenas llegó, recibió unos pastelitos finamente decorados sobre su escritorio.
—¿Quién los compró? —preguntó Lucía con una sonrisa.
La asistente, Alicia Cisneros, respondió:
—No lo sé. Llegaron por servicio de entrega. Pero creo que traen una tarjeta.
Lucía tomó la pequeña tarjeta sonriendo, pero su sonrisa se desvaneció al leerla...
Se saltó el texto y miró directo a la firma: era de Paola Montero. Lucía tiró la tarjeta a la papelera sin pensarlo dos veces.
Le pidió a su asistente que se llevara los pasteles y los repartiera entre el resto del personal.
Ordenó su escritorio y encendió su computadora.
En internet se había hecho una limpieza absoluta. Ya no quedaba ni una sola foto del auto oficial accidentado.
No obstante, en su bandeja de entrada todavía reposaban algunas fotos que Alan y su equipo le habían enviado preguntando cómo estaba. En una de ellas, se veía el auto oficial con las puertas abiertas y el interior vacío. La carrocería aún mostraba los impactos y las marcas de quemaduras. Para cuando tomaron esa foto, ella ya iba de camino al hospital.
En estos últimos días se dio cuenta de que casi no había registros visuales del auto. Sin embargo, ella recordaba claramente que, tras bajar el General Valenzuela y el Dr. Bernardo Lucero, todavía quedaba una mirada fija en ella desde adentro. Incluso cuando el auto comenzó a echar humo negro, esa persona jamás salió.
En su vida anterior, Lucía solo sabía que el país había perdido a figuras muy importantes en ese accidente: un ministro de Defensa Nacional, un científico y un conductor. En cuanto a la identidad del cuarto ocupante... nunca lo investigó a fondo.
Era alguien del que ni siquiera en su vida pasada había oído hablar.
En esta vida, le resultaría aún más imposible averiguar de quién se trataba.
Pero al final del día, con o sin esa persona misteriosa, ella había logrado su objetivo. Tal vez sus sentidos le habían jugado una mala pasada. Lucía decidió dejar el asunto de lado y ponerse a trabajar.
La mañana se pasó volando.
A mediodía, Julio la llevó a almorzar, acompañados por Cristina, a un restaurante exclusivo. Regresaron, y ella se sumergió otra vez en su labor...
Alrededor de las dos de la tarde, el auto de Doña Leonor llegó a la entrada de la empresa.


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