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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 239

Al mismo tiempo.

Lucía entraba con paso elegante a un restaurante privado que ese día había cerrado sus puertas al público.

En el patio interior, rodeado de solemnes pinos, los camareros caminaban con un sigilo absoluto.

Lucía fue escoltada hasta un salón privado. Las luces de los faroles de cristal bañaban la gran mesa redonda de caoba, y el aire olía a un exquisito té artesanal. No había ruido, solo una atmósfera de suprema y calculada formalidad.

En la cabecera, un hombre vestido con un traje impecable imponía respeto con su sola presencia. Tenía las sienes plateadas y el aura densa de alguien que llevaba años en la cúpula del poder. Era el Ministro de Defensa, el General Héctor Valenzuela.

—Disculpen la demora —sonrió Lucía, sabiendo perfectamente que había llegado cinco minutos antes de la hora. No esperaba que todos ya estuvieran esperándola.

—Para nada, llegas justo a tiempo. Nosotros nos adelantamos —respondió el General Valenzuela con una sonrisa, poniéndose de pie.

Lucía se acercó rápidamente a estrecharle la mano. Primero saludó al Ministro en la cabecera, luego a un par de altos mandos a su lado, y finalmente a un hombre que parecía ser el más joven de todos, quizás unos años mayor que Julio. Su presencia era sobria, sin buscar destacar, pero proyectaba un peso innegable.

Lucía sabía que cualquiera de los presentes en esa mesa tenía el poder de alterar el rumbo de una ciudad entera con solo mover un dedo, y aquel hombre no era la excepción.

—Lucía, ¿cómo sigues de tus heridas? ¿Todo bien?

—Estoy en perfectas condiciones —respondió ella con una sonrisa.

—Gracias a ti, nosotros también. Por favor, toma asiento...

Lucía se sentó.

El General Valenzuela le sirvió personalmente media taza de té. Su tono era solemne, carente de falsa cortesía. —Lucía, esta es una comida íntima, sin externos. Hace unos días, durante mi visita a Puerto Coral, estuve a punto de perder la vida. Si no hubieras actuado con tanta rapidez y valentía, el desenlace habría sido catastrófico. Quería agradecerte en persona, y hasta hoy pude hacer un espacio en la agenda.

Esos hombres, acostumbrados a manejar crisis y poder, le hablaban ahora con genuino respeto.

Las miradas de toda la mesa se posaron en ella, no para evaluarla, sino con una gratitud sincera.

—Es usted muy amable, General. Solo estuve en el lugar indicado e hice lo que tenía que hacer —respondió Lucía con serenidad.

Durante la comida no se habló de negocios ni de intereses, solo de cultura, sociedad y la situación actual del país. Cada respuesta de Lucía fue medida, inteligente y perspicaz, ganándose la aprobación constante de aquellos titanes.

El científico que también estaba presente ese día le dedicó una sonrisa llena de admiración. —Yo sigo vivo de milagro gracias a ti. Si algún día necesitas algo, no dudes en pedírmelo.

Todos rieron, y Lucía se sintió inmensamente satisfecha.

Casi al final de la comida, el General Valenzuela le hizo una seña a su secretario.

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