Por otro lado, cuando Julio García se enteró de que el todoterreno ni siquiera había llegado a casa y Lucía ya se lo había regalado a Camilo Zavala, se rio de pura indignación.
—¡Vaya! —exclamó Julio—. Resultaste ser de las que cambian a su propia sangre por un hombre. Le dejaste lo mejor a tu noviecito.
Lucía sonrió con dulzura.
—Eso es solo algo material.
—Ese auto llama la atención en cualquier calle, ¡ni las balas de una ametralladora pueden atravesar esos vidrios! ¿Por qué no podías dárselo a tu hermano?
Lucía respondió sin darle mucha importancia:
—La verdad, es muy incómodo subirse cargando a un niño. Ya lo probé. Hasta para Cristina sería difícil entrar y salir con vestido.
Al ver cómo Lucía intentaba justificarse, Julio negó con la cabeza.
—¿No puedo usarlo yo solo? ¿Acaso estoy obligado a ir con toda la familia a cuestas?
—Si vas a salir a divertirte tú solo, ¿no te daría vergüenza dejarnos a todos en casa? —Lucía se llevó las manos a la cintura—. Si sales, tienes que llevar a Cristina, nada de andar por ahí solo.
—¿Y no lo puedo usar para trabajar? —replicó Julio.
Cristina Quiroga se echó a reír al escuchar la discusión de los dos hermanos.
Con una gran sonrisa, fue a la habitación de Elena de García para llamar a su suegra a cenar.
Julio bajó la voz y preguntó:
—Hablando en serio, ¿lo tuyo con Camilo va en serio? ¡Si no, no entiendo por qué lo tratas tan bien!
Lucía negó con la cabeza.
—Él me ayudó, es justo que lo trate bien.
En su vida pasada, después de que Lucía se casara con Alejandro, él viajaba al extranjero todos los meses para ver a Jimena. Más tarde, usó la excusa de abrir mercados internacionales para pasar la mayor parte del tiempo fuera del país. Su suegra, Leonor de Zavala, al ver que Alejandro no podía separarse de Jimena, aprobó la situación en silencio.
Cuando Lucía se quedó sola y sin apoyo en esa casa, el único que estuvo de su lado fue Camilo. Por eso, en esta vida, Lucía intentaba ser lo más buena posible con él.
En ese momento, Elena salió a cenar y Lucía le apartó la silla de la cabecera. Elena se sentó, les indicó que hicieran lo mismo y comentó:
—Leonor llamó. Dijo que el domingo es la fiesta de compromiso de Alejandro. Pensé que lo mejor sería que nuestra familia no asistiera, pero cuando se case sí tendremos que ir. Después de todo, cuando Julio se casó, su familia envió representantes. Es cuestión de educación.
Julio y Cristina estuvieron de acuerdo.
La mirada de Elena se posó suavemente en Lucía.
No había rastro de tristeza en el rostro de su hija; su expresión era tan tranquila que casi parecía indiferencia.


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