Cuando regresó a la habitación, Lucía se había levantado asustada y estaba revisando su ropa.
Silvia se apresuró a decir:
—Señorita García, usted ha estado durmiendo todo este tiempo. Yo me quedé aquí vigilando.
Al ver que su ropa estaba intacta, Lucía suspiró aliviada y fue de inmediato al baño para revisar su cuerpo.
No había nada extraño.
Sin embargo, al mover el cuello frente al espejo, sintió una molestia.
¡Qué dolor!
Al mirar con atención, notó la marca de un pinchazo.
Desde afuera, Silvia le dijo:
—El jefe me pidió decirle que le inyectó una medicina y que se sentirá un poco incómoda por un rato.
Lucía abrió la puerta de golpe y espetó:
—¿Y dónde está ese infeliz de Alejandro Zavala?
Silvia se sorprendió, pero esbozó una sonrisa incómoda.
—El jefe ya se fue. Me pidió que le dijera que lo de antes queda en el olvido y que ahora están a mano.
Por muy furiosa que estuviera, Lucía no tenía tiempo para pensar en otra cosa. Empezó a buscar su teléfono con desesperación.
—¿Qué hora es? Tengo que volver a casa ya.
Silvia se dio la vuelta y le alcanzó su bolso.
—Su teléfono debe estar aquí. La llevaré a su casa ahora mismo.
Con la mente fija únicamente en volver a casa lo antes posible, Lucía ignoró todo lo demás y asintió:
—Te lo agradezco.
La familia García ya había llamado a la policía. Cuando Lucía cruzó la puerta de su casa, no solo había oficiales investigando, sino que también estaba presente aquel joven político al que solo había visto una vez.
En el trayecto, Lucía había hablado por teléfono con su madre. Al verla entrar, Elena de García no pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas. La abrazó con fuerza y le preguntó dónde había estado.
Lucía respondió con voz serena:

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