Después de tomar una ducha y comprobar que no tenía ninguna otra marca extraña en su cuerpo, Lucía pudo por fin relajarse.
—Alejandro Zavala, ojalá te pudras.
Recostada en su cama, lo maldijo un par de veces más antes de quedarse dormida.
A la mañana siguiente.
Julio ya se había ido a trabajar. Su madre le había ordenado que descansara, así que Lucía estaba en el comedor tomando el desayuno sin prisa.
En ese momento, el mayordomo Pinos entró apurado para avisar que el auto del señor Zavala estaba esperando afuera.
La albóndiga de pescado que Lucía acababa de meterse a la boca se le cayó directo al tazón de sopa.
Cristina se puso tensa de inmediato y le tomó la mano.
—¿No intentará llevársela otra vez, verdad?
Lucía no tenía idea de a qué había venido Alejandro, y por dentro sentía un hueco en el estómago, pero intentó tranquilizar a su cuñada.
—No pasa nada, voy a salir para decirle un par de cosas y correrlo.
Dicho esto, se levantó y caminó hacia la puerta.
Preocupada, Cristina hizo el intento de seguirla, pero Doña Rosa la detuvo y le hizo una seña para que el mayordomo fuera con ella.
Con su embarazo avanzado, no podía correr ningún riesgo.
Afuera, el auto de Alejandro estaba estacionado en silencio. Cuando Lucía salió, él bajó la ventanilla trasera a la mitad y, clavando su oscura mirada en ella, habló:
—Vine hoy solo para decirte que, respecto al pasado, estamos a mano.
—¿Eso es todo? —Lucía frunció el ceño. Venir hasta aquí por una simple frase no parecía propio de él.
A través de la ventanilla entreabierta, la mirada de Alejandro se detuvo en los labios de Lucía.
—¿Y tú qué más quieres? —preguntó.
Lucía frunció el ceño con disgusto.
—Esa pregunta debería hacérsela yo a usted, señor Zavala. Solo pienso que el tiempo de todos es valioso. Hay asuntos que se resuelven con una llamada, no era necesario que se molestara en venir.
Alejandro replicó:
—¿Tengo acaso tu número? Lo bloqueaste.
Mateo, que estaba al volante, sintió que había algo extraño en esa conversación. Aunque el tono era frío, parecía tener un matiz escondido.
—Señor Zavala, ¿vamos a la empresa?
Alejandro se quedó mirando fijamente la puerta de hierro cerrada. Después de unos segundos, apartó la vista con lentitud.
—A la empresa.
...
En la mansión de los Jiménez.
Habían pasado dos días desde que se llevaron a Víctor Jiménez. Margarita estaba sentada en la cabecera del salón; estaba pálida como un fantasma y su maquillaje era un desastre.
—¿Cómo pudo pasar esto...? ¿Cómo pudieron llevárselo así de la nada...?
A su lado, Tomás Torres caminaba de un lado a otro con nerviosismo.
—¡Si Alejandro acepta ayudarnos, todo se puede arreglar! ¡Una sola palabra de él vale más que cualquier cosa!
Doña Beatriz Jiménez intervino:
—Jimena, a estas alturas tienes que hablar con él... ¡Eres su futura esposa! Ve y ruégale, pídele que intervenga, ¡que salve a tu padre! Víctor no solo es tu padre, también será su suegro. A decir verdad, aunque no se lo pidieras, ya debería estar haciendo algo.

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