Al día siguiente, cuando Isabel se enteró de que Lucía no iría, la llamó de inmediato y le dijo:
—Este restaurante es dificilísimo de reservar, cada plato cuesta una fortuna. Ya que Diego está dispuesto a gastar su dinero, hay que exprimirlo un poco.
Lucía lo pensó un momento.
—Entonces invito yo.
Isabel rodó los ojos del otro lado de la línea.
—Ah, claro, porque te sobra la plata.
Lucía asintió con total seriedad:
—Pues sí, últimamente hemos estado ganando muy bien.
Isabel sintió que le iba a dar un infarto; ella ya se había graduado, pero aparte de vivir a expensas de sus padres, no tenía ingresos reales.
Al mediodía, Isabel llegó primero desde su casa. Jamás imaginó que, al llegar, encontraría nada menos que a la famosa actriz Maribel Quintana.
Isabel tomó aire, jaló del brazo a Diego y le susurró:
—Vaya, no pierdes el tiempo... ¿ya cambiaste a la actriz de segunda por una estrella de primera línea?
Diego le respondió:
—¿De qué hablas? Ella es amiga de Alejandro, él es quien nos invitó.
Isabel dejó de sentir recelo de inmediato; por un momento pensó que Diego se había vuelto un seductor de alto nivel. Si la invitación era de Alejandro, la cosa cambiaba por completo.
Se sentó sonriente frente a la estrella y sacó su teléfono dispuesta a contarle todo a Lucía, pero en ese momento, Maribel cruzó la mirada con ella.
Un solo vistazo fue suficiente para dejarla sin aliento.
La actriz era asombrosamente hermosa; sus rasgos parecían esculpidos, con una nariz respingada, labios carnosos y un aura de estrella inalcanzable cuando estaba seria. Pero al sonreír, sus ojos se curvaban ligeramente en las esquinas, volviéndola cálida y luminosa.
Isabel cambió de plan al instante.
Abrió la cámara de su teléfono, se acercó rápidamente con una sonrisa y preguntó:
—Disculpa, ¿me puedo tomar una foto contigo?
Maribel asintió con suavidad, mostrándose muy amable y cooperativa.
El corazón de Isabel se ablandó; la actriz parecía ser muy dulce. Por alguna razón, le recordó a Lucía, solo que la mujer frente a ella tenía un aire mucho más frío e intocable.
Se tomaron un par de fotos. Isabel retocó una rápidamente y la subió a sus redes; apenas la publicó, los «me gusta» empezaron a lloverle a montones.
En ese momento, Lucía no estaba revisando sus redes. Al entrar al lugar, su mirada recayó de inmediato en Maribel, quien tenía el rostro ladeado y le hablaba en voz baja a su asistente, luciendo un perfil impecable y elegante.
Isabel estaba a su lado, con la vista clavada en el teléfono.
Lucía se quedó congelada; al segundo siguiente, el pánico la invadió por el temor a ser descubierta. Aprovechando que nadie le prestaba atención, se dio la vuelta y echó a correr hacia la salida con pasos nerviosos y torpes.
Maribel se acercó al lavabo, se miró al espejo, se acomodó suavemente el cabello con la mano libre y le dijo al teléfono:
—No pienses mal, incluso vino la novia del anfitrión. Está bien, mi asistente y yo vamos para allá.
Colgó el teléfono, se lavó las manos, se dio un último retoque en el espejo y salió.
Poco después, Isabel la llamó.
—¿Por qué tardas tanto? La gran estrella ya se fue. Qué lástima que no la hayas visto, es espectacular. ¡Hasta me tomé una foto con ella!
—Ya voy —Lucía se había quedado escondida entre las sombras y solo se atrevió a volver a la mesa tras ver con sus propios ojos cómo Maribel se subía a su camioneta de lujo y se marchaba.
Para entonces, casi todos los asientos de la larga mesa estaban ocupados. Alejandro presidía la cena y conversaba con Gustavo Beltrán, quien estaba sentado a su lado. Al ver entrar a Lucía, Alejandro le dirigió una mirada rápida.
Diego e Isabel le habían reservado el asiento de en medio.
Lucía se sentó a toda prisa, solo para notar que Jimena volvía a observarla con desprecio.
Le devolvió la mirada con la misma frialdad y luego, frunciendo el ceño, les susurró a sus amigos:
—¿Para la próxima podrían avisarme con tiempo? Si hubiera sabido que venía toda esta gente, no habría venido.
Isabel se encogió de hombros.
—Yo tampoco tenía idea hasta que llegué.

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