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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 259

Diego se excusó:

—Yo tampoco sabía...

En ese momento, los meseros entraron en fila, sirviendo ordenadamente los elegantes platillos de la cena. Lucía notó que había guardaespaldas apostados a poca distancia.

La idea de algo en particular la hizo sentir un poco incómoda, pero normalmente Alejandro no llevaba escoltas a menos que fuera un viaje de negocios o algo grave. ¿Por qué hoy...?

Tal como lo esperaba, a mitad de la cena alguien de la mesa sugirió ir a jugar golf más tarde, a lo que Alejandro respondió que tenía que salir de viaje de negocios por la tarde.

En ese instante, Lucía levantó la vista y miró disimuladamente hacia donde estaba Gustavo Beltrán.

Se limpió la boca con la servilleta y le preguntó a Diego:

—¿Tienes el contacto de WhatsApp de Gustavo Beltrán? Necesito preguntarle algo.

Diego respondió despreocupado:

—Sí lo tengo, te lo paso. Pero sería mejor que se lo preguntaras en persona, ¿no ves que está justo ahí?

Sin pensarlo, Diego alzó la voz: —Gusta...

Lucía reaccionó rápido y le pisó el zapato por debajo de la mesa. Bajando la voz, lo regañó:

—No lo llames, no ves que hay mucha gente.

—¿Para qué quieres su contacto? ¿Te le vas a declarar? —preguntó Isabel levantando la vista de su comida a la derecha.

Por suerte, la mesa era tan larga que del otro extremo no escucharon nada.

Lucía sentía que la cabeza le daba vueltas; con el pánico de que sus amigos provocaran un escándalo, dijo:

—Basta ya, cállense los dos y pónganse a comer.

Dicho eso, tomó su tazón de porcelana y empezó a beber lentamente un poco de sopa.

La mirada de Alejandro se clavó en ella.

A su izquierda estaba Diego, a su derecha Isabel; los tres estaban en su propio mundo, riendo y pasando un buen rato.

Después de comer, los labios de Lucía tenían un tono rosado natural, viéndose tan suaves y apetecibles como un flan. Aún conservaba un leve rastro brillante por la sopa que acababa de beber, lo que la hacía lucir increíblemente dulce y tentadora.

Alejandro apretó con fuerza la copa de vino tinto que tenía en la mano.

Sintió que estaba perdiendo el control.

Durante los últimos días, solo había tenido sueños eróticos en los que ella lo llamaba «mi amor» con una voz melosa y suplicante... ¿A qué estaba esperando?

Recordó sus labios hinchados y enrojecidos por los besos, y...

¡CRAAAK!

La copa de cristal se rompió en mil pedazos bajo la presión de su mano.

El estallido repentino resonó en toda la habitación; el vino tinto mezclado con fragmentos de vidrio salpicó sobre el mantel.

El abrupto incidente dejó a todos en la mesa petrificados. Todas las miradas se giraron hacia él.

El rostro de Alejandro lucía aterrador.

Isabel murmuró por lo bajo:

Ambos seguían cuchicheando y debatiendo por encima de Lucía, quien no podía evitar escuchar cada palabra aunque no quisiera.

El análisis de Diego sonaba terriblemente lógico y fundamentado.

Cuando Alejandro se alejó, tanto Isabel como Diego intentaron echarle un vistazo disimulado; incluso Lucía no pudo evitar levantar la vista para mirarlo.

Pero ella se negaba rotundamente a creer en la teoría de Diego...

Él...

De pronto, Alejandro giró la cabeza en su dirección y les lanzó una mirada feroz e intimidante.

Los tres sintieron que los estaba mirando directamente a ellos y bajaron la cabeza de golpe. Isabel apretó los dientes.

—¡Maldito Diego! Si nos vas a hacer matar, al menos avísanos primero. ¡Hasta mi madre me dijo que no me metiera con él! ¡Te voy a dar una paliza que no olvidarás! Ah, perdón, Lulú... no lo dije para recordarte tus traumas. Lo que quiero decir es: ¡Diego, deja de arrastrarnos a tus locuras! Por cierto... Jimena también está aquí hoy; ¿deberíamos aprovechar cuando se quede sola para darle su merecido?

Diego, viendo por el rabillo del ojo que Alejandro ya estaba lejos, volvió a levantar la cabeza.

—Tsk, tsk... Jimena se fue corriendo detrás de él, ¡seguro que entre esos dos saltan chispas!

Isabel miró hacia la puerta al escuchar eso, y efectivamente, Jimena lo había seguido a toda prisa.

A Lucía se le quitó el apetito por completo. Jaló de la manga a Isabel.

—Vámonos de aquí.

Diego se levantó de un salto, se limpió la boca, tiró la servilleta y dijo:

—Voy a comprobar mi teoría, espérenme aquí.

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